Columnistas

Maneras de mirar el mar (y la cancha)

Necesitamos del mar  para volver a asombrarnos frente al agua infinita y el balón dividido. Y sosegarnos

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:08 / 15 de abril de 2015

Los bolivianos necesitamos recuperar el mar (robado) para volver a mirarlo, para descubrir de nuevo que el agua sirve para pensar, para asombrarnos. A falta de mar, tenemos estadios de fútbol donde uno se sienta para esperar un milagro, un buen partido, una linda jugada. Miramos el verde como quisiéramos ver el mar, para apaciguarnos. El fútbol es sucio como el barro, y la política, asquerosa como su plata. Por eso, lo mejor es ir a la cancha a pensar, a dudar, a preguntarse: ¿es casualidad que el último héroe del pueblo stronguista se llame Pablo Escobar, el patrón del mal convertido en caudillo del bien? ¿Es casualidad que el tipo que lleva la manija gualdinegra y ordena el juego en el centro del campo se llame Raúl Castro, y a su izquierda juegue (a veces) Chávez (Dani)? Sostiene el cronista mexicano Juan Villoro que “el estado actual del mundo hace pensar que las canchas de fútbol serán el último refugio para tener una orientación de izquierdas”. Sostiene Villoro que el número once —el talismán de los zurdos— es el patrimonio del extravagante, el iconoclasta, el diferente, el raro. ¿Te imaginas un mundo lleno de izquierdistas? Sería algo más extraño y desconcertante que un equipo con once zurdos, la pesadilla de todo entrenador (de derechas).

El Tigre no tiene gol porque su número nueve se llama Cuesta. Y lo mejor lo tenemos en el arco: nuestros dos sufridos guardametas se apellidan Vaca. El fútbol no se juega con los pies, se disputa con la cabeza y esos lugares sagrados llamados palabra y pelota. Nuestro placer y nuestra necesidad de jugar y perseguir pelotas están marcados a sangre y fuego en nuestros genes animales. De la pelota a la palabra hemos dado inmensos pequeños saltos hacia adelante. Mucho después, el hombre se inventó esa ficción (malsana y asesina) llamada dios (en minúsculas, por favor, compañero corrector). ¿Por qué rezan tanto los jugadores y se persignan al entrar y salir a la cancha? Miro el mar verde del estadio y pienso apesadumbrado que si los dioses de los futbolistas existiesen, todos los partidos acabarían en el sopor eterno del empate. 

Pelearnos por el balón nos une, aunque algunos piensen religiosamente lo contrario. Pelearnos por el balón es una manera de ser y estar juntos; es un acto de rebeldía barbuda en este mundo que, con esos aparatitos estúpidos llamados “smartphones” y el consumismo individualista atroz, nos obliga a separarnos, aislarnos, dividirnos. El fútbol no existe sin los otros. Sin los hinchas, sin los compañeros en la cancha, no existe. La pelota es un “lugar común” y obra milagros: el padre y el hijo enojados comparten dos horas de sus vidas.

La pelota nos enseña a luchar, no nos enseña a triunfar, a tener éxito, a ser los mejores (a cualquier precio), a ser los nuevos ricos del barrio de la noche a la mañana. El fútbol nos enseña el valor del sacrificio, la ética del trabajo y el esfuerzo. Y de la verdad: la televisión nos miente todas las noches, el “soberano” nos manipula todo el rato, a toda hora, excepto cuando pasan los verdaderos goles del día. El balón nos prepara para perder. Y todos sabemos que tarde o temprano perderemos. La victoria es sospechosa, siempre; hay que desconfiar de ella. ¿A quién le importa el triunfo? El hincha no mira el marcador, no llega a la cancha para ver ganar a su equipo, llega para estar, para persistir, para encontrar(se), para alentar su(s) pertenencia(s). El sentimiento no necesita más, se retroalimenta de un nosotros. Necesitamos del mar para pensar, necesitamos del mar para recuperar las viejas palabras y descifrar nuestro futuro, para volver a asombrarnos frente al agua infinita y el balón dividido. Y sosegarnos.

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