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Manifiesto enhiesto

Me interesa la narrativa subyacente en ese documento, no las motivaciones de quienes lo suscriben.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 31 de marzo de 2013

Hace unos días empezó a difundirse un Manifiesto ciudadano que proclama la “defensa de la Constitución, la democracia y la ética política”; y rechaza la postulación de Evo Morales en los comicios de diciembre de 2014. El documento concluye con un párrafo categórico: “La imposición autoritaria, inconstitucional y tramposa de la reelección indefinida es destruir la base de legalidad que sustenta el orden político y el gobierno legítimo que emana de la voluntad popular. Sin estos cimientos, la consecuencia previsible es el caos, la inestabilidad, la confrontación o el ejercicio dictatorial del poder”. ¿Qué cosa más grave, no? Sería una suerte de apocalipshit, al estilo musical de Molotov.

Me interesa la narrativa subyacente en ese documento, no las motivaciones de quienes lo suscriben, porque trasunta una explicación atenida a la polarización política de antaño, aquella de las “dos Bolivias” de la primera gestión gubernamental del MAS, ahora en clave de dictadura vs democracia. Es una mezcla de anacronismo explicativo y voto resolutivo que puede ser interpretado como un síntoma de las percepciones y conductas presentes en el campo de la oposición al MAS, a su gobierno (los más) o a su proyecto estatal (los menos).

Los firmantes del manifiesto también reclaman “ética política” a Evo Morales, supongo que a propósito de la “palabra empeñada” en el acuerdo congresal suscrito a mediados de octubre de 2008 entre el oficialismo y la oposición, para viabilizar la convocatoria a referéndum aprobatorio con la introducción de cambios en el texto constitucional y la inclusión de un artículo transitorio sobre la reelección presidencial. No obstante, es importante recordar que esos días el MAS estaba entre dos fuegos: el cerco y el veto. El cerco al congreso por parte de las organizaciones sociales cuyos sectores radicales intentaron tomar el parlamento para evitar acuerdo alguno con la oposición. Y la capacidad de veto de la oposición, merced a su mayoría en el Senado como una oportunidad para revertir —en alguna medida— su derrota en la Asamblea Constituyente. Tiempos de polarización. En ese cuadro aparece la figura de Evo Morales conteniendo a la multitud asentada en la plaza Murillo e impulsando el acuerdo con la oposición para encausar la conclusión del proceso constituyente por vías institucionales. Una tarea nada sencilla, porque la política estaba en las calles y había que orientar el proceso decisional hacia pautas institucionales, tal como había acontecido unos meses antes con el referéndum revocatorio.

Es preciso evaluar la conducta de Evo Morales distinguiendo las condiciones sociopolíticas y el estilo de su liderazgo, para no caer en la tentación de la superficial comparación con el caso venezolano. Si Hugo Chávez fue —y sigue siendo, en una suerte de populismo místico— el catalizador de la polarización política y la alimentó con el conflicto, Evo Morales fue un factor de mitigación de la polarización política, porque definió su accionar en una lógica que, aquellos años, caractericé como “retórica radical y decisiones moderadas”. Y, a mi juicio, sigue actuando de esa manea: avanzando al centro, y como último botón de muestra está la Agenda Patriótica 2025. Por eso, considero que el tenor de este párrafo final del Manifiesto ciudadano recupera la retórica catastrofista de esos años marcados por la polarización y reitera algunas lecturas que insisten en ese dato como un rasgo central de la política boliviana. Por tal razón, peca de anacronismo y asume el lenguaje altisonante de un voto resolutivo.

También merecen comentarios otros párrafos de ese texto. La mención al “apetito personal (de Evo Morales) de eternizarse en el poder” resulta un tanto estrambótica, inclusive el reclamo contra la “reelección indefinida” peca de exageración, y la idea de “prorroguismo presidencial” resulta incoherente. Supongo que la eternidad no existe (ni en Semana Santa); la reelección indefinida no está contemplada en la Constitución (y si fuera así, tampoco sería eterna)  y el prorroguismo implica ignorar las elecciones. ¿Es necesario tanto verso y altisonancia para manifestar una opinión ciudadana?

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