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Manolo

Pese a ser un pequeño burgués, Manolo está habituado (aunque con dificultad) a los avatares de la vida

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia

00:00 / 12 de enero de 2014

Tiene los ojos colorados, como si estuviera de fiesta todo el tiempo. Es bullangero y está nervioso porque será la primera vez que viaje en avión. Pese a ser un pequeño burgués, está habituado —aunque con dificultad— a los avatares de la vida. Quedó en medio de una disputa amorosa y su vida cálida se vio interrumpida por las cojudezas que hacemos los seres humanos. Su familia de cánidos estuvo antes que los humanos, por eso ha desarrollado la capacidad de adelantarse a los sucesos y presiente que su vida cambiará otra vez.

Manolo es un basset haund colla, con unas orejas que barren la superficie por donde pasa. Su instinto de cazador le impulsa a correr; sus cortas patas son poderosas y su ladrido de barítono de ópera se escucha desde lejos. Como todo perro tiene una personalidad marcada. Está acostumbrado a estar todo el tiempo en compañía de personas; no se lo puede dejar mucho tiempo solo: se pone triste, pone cara de presidiario y aúlla  desatando un coro de sus colegas y alborotando la noche. Cuando corre y quiere que se le espere, frena en seco y te mira ladeando la cabeza.

 Es la primera vez que alojamos a un perro de raza, siempre crié thampullis, ch’apis. Para el experto en canes Josué Loza los citados perros son de raza y, más bien, están en peligro de extinción. Cuando se enfermaba, sufríamos todos, porque un animal doméstico es eso, está en la casa y es parte de una familia, y eso demanda una serie de responsabilidades.

En las ciudades frías, y aún más en las cálidas, la rabia hace presa de ellos, y cuando se los abandona se pone en riesgo la vida de las personas, pero eliminarlos masivamente no es la solución, tal como mal entendieron en Warnes, desatando una masacre indiscriminada.

Manolo tiene otra ventaja, es requerido por su dueño como algo muy importante en la vida y debemos enviárselo a Chile para que se reúnan. Han establecido una relación tan estrecha que seguramente extraña tanto a su perro barítono que hace todo para estar con él. Después de un calvario para hacer el trámite para su viaje como mascota de compañía, finalmente lo hará el lunes, en horas de la tarde. Josué nos indicó cómo se hacen los trámites, y hete aquí algunos pasos por si alguna vez tiene un huésped ilustre en sus manos.

Primero hay que llevarlo a un veterinario inscrito en su colegio profesional, sino se invalida su certificado de salud zoosanitario de la vacuna séxtuple y desparasitación. Este documento debe ser llevado al Senasag, en Miraflores, lugar donde convalidan la certificación en 24 horas. Muñido de estos documentos, hay que ir a la Cancillería para legalizarlos. Luego se debe solicitar el ingreso al país de llegada en la embajada o consulado correspondientes.

Es imprescindible comprar una jaula de acuerdo con el tamaño de la mascota. Según las normas, debe dar una vuelta entera sin problemas y su cabeza debe estar cómoda. Entonces hay que ir a la empresa aérea que hará el servicio como carga, lugar donde lo pesarán con la jaula y extenderán la guía para el envío. Un vez obtenido este documento, hay que reportar al Sidunea (no sé qué significa esta sigla) y, con esa cantidad de documentos y tres fotocopias de cada uno, hay que dirigirse a la aduana del aeropuerto y llevar la mascota a la revisión de la FELCC, pues hay delincuentes imaginativos y perversos que usan animales para traficar droga. Una vez superado estos pasos, se debe cancelar el monto que cobrará la empresa por el traslado. El pasajero debe ser sedado y en su ocasional jaula, hay que colocar su alimento y un envase para el agua que no se vuelque… y despedirse.

Marisol, la dueña de mi corazón y de mi bolsillo, que se encargó de principio a fin esta embrollada gestión, encontró gentileza y solidaridad con Manolo, ya que los documentos para su viaje son perentorios y empezarlos de nuevo sería un tormento. Sin embargo, los humanos —¡cuándo no!— todavía guardamos escondida nuestra sensibilidad con nuestros compañeros del planeta. ¡Buen viaje,  Manolo!

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