Columnistas

Marcas en la piel

Aquel significante estaba inscrito en lo más profundo de su ser.

La Razón (Edición Impresa) / Paula Martino

00:58 / 25 de noviembre de 2017

Su cuerpo era un lienzo; solo quedaba un pequeño espacio sobre su hombro derecho para ese último trazado, para alojar por siempre en su piel la flor más bella que hubiera visto jamás. Quería vivir con él, marchitarse con él, morir con él. Solo sabía que debía realizárselo antes de que finalice la primavera. Le preocupaba más que ninguna otra de las obras cifradas en su piel, debía quedar tan perfecta como la imaginaba. Pero faltaba algo más, no sabía qué...

Así comenzaba su relato acerca del último tatuaje, el más deseado, con el que finalizaría la decoración de su cuerpo. El último trazado tenía, como todos los demás, un relato por detrás, que le daba la dignidad para someterse, una vez más, al desgarro doloroso de su piel, dejando una marca indeleble.

En principio, la flor más bella que jamás había visto era solo una fotografía que años atrás le había causado una fascinación absoluta que ni él mismo podía explicar; un relato consciente que al ser desplegado en la sesión llegó mucho más lejos. Históricamente aquel significante estaba inscrito en lo más profundo de su ser: se recuerda de niño junto a su madre admirando las rosas que ella, con cuidado maternal, hacia florecer en su jardín.

Al finalizar la primavera, su hombro derecho lució la flor más bella que hubiera visto jamás, tal como la imaginaba, con la misma cantidad de pétalos, con el mismo color, con la asimetría necesaria de sus espinas, con la largura de su tallo. Solo agregó dos letras en mayúscula, ya no sería necesario nada más.

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