Columnistas

El Marco Aurelio brasileño

Pese a los avances, en Brasil los excluidos de siempre, aunque ejerzan el voto, no se sienten representados

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 06 de julio de 2013

Tiene el nombre del emperador romano y la sabiduría de ese filósofo estoico, pero su título es asesor especial de la presidenta Dilma Rousseff, tal cual lo fue de Luis Inacio Lula da Silva, a quien ayudó a elevar a Brasil al nivel que ahora se encuentra, la sexta potencia económica del mundo; mitigando a la vez los niveles de pobreza extrema del gigante latinoamericano e instaurando una política externa sagaz sin ostentaciones innecesarias.

Los recientes disturbios callejeros ocurridos en varias ciudades brasileñas me trajeron a la memoria la última noche trágica del Octubre negro de 2002, cuando con el auto del embajador carioca nos abríamos paso esquivando las enardecidas multitudes paceñas junto a Marco Aurelio García, quien entonces cumplía una misión dramática de observador/mediador entre las partes en conflicto. Tanto en esa ocasión y durante otros diálogos que sostuvimos en Cusco o en Ottawa, escuché de Marco Aurelio la serena reflexión y la palabra mesurada, semejantes a las clásicas Meditaciones de su homónimo romano. Por ese motivo, para comprender a cabalidad, lo que acontece actualmente en su país, nada mejor que acudir a sus razonamientos.

Pese a que los diez últimos años fueron de crecimiento sostenido y de reformas económicas y sociales exitosas, el gobierno de Rousseff enfrenta el problema social de la desigualdad. Fueron las redes sociales, como en Egipto y en Turquía, las que incitaron al pueblo a tomar las calles. Sin embargo, no se puede negar el malestar que existe a todo nivel en la sociedad brasileña, pues, pese a los adelantos logrados, aún persisten dificultades de vida para millones de brasileños. La democratización del sistema educativo no se ha extendido parejamente; tampoco las estructuras de salud pública ni las del transporte urbano son satisfactorias. En el orden político, las transformaciones económicas y sociales no han tenido el correlativo seguimiento de reformas institucionales adecuadas. El poder y los medios de comunicación continúan siendo monopolio del Estado y de los partidos. Eso mueve a los manifestantes a rebelarse contra un sistema donde imperan la burocracia y una corrupción cuya impunidad para la clase política parece evidente.

Nota de ironía es que en el país del fútbol las masas protesten por el desmesurado financiamiento de las obras públicas destinadas a la copa mundial, aduciendo falta de transparencia. En mi opinión, esa actitud es explicable y expresa otra frustración, porque aún en esa oportunidad, los pobres estarán una vez más confinados frente a sus televisores y no participarán personalmente de la fiesta en los estadios. Alegóricamente, eso es también lo que sucede en la vida ciudadana, donde los excluidos de siempre, aunque ejerzan el voto, no se sienten representados.

La presidenta Rousseff ha retomado la iniciativa y prometido una reforma política de gran alcance, que podría trasuntarse en un referéndum para la convocatoria a una asamblea constituyente con agenda restringida, anticipándose a las elecciones generales programadas para otoño de 2014, en las que su reelección está en duda. En efecto, las masas exigen alternancia en el mando. No obstante, los últimos acontecimientos —volviendo a García— tendrían dos consecuencias: “la primera podría desembocar en una regresión autoritaria y el llamado a un hombre providencial capaz de operar una contrarreforma institucional y social”. La otra, de naturaleza democrática, impondría al Gobierno una reforma a fondo de las instituciones y de los partidos, que incluiría la rápida modificación de la ley electoral para corregir la distorsión en materia de representación y  la adopción de cánones que controlen el financiamiento de las campañas electorales, habitual fuente de corruptelas.

Termina Marco Aurelio recordando que el rol del Partido de los Trabajadores (PT) será primordial si quiere conservar su preeminencia ejercida a lo largo de 33 años de lucha al lado de los sectores más necesitados, para lo que tendrá que volver a enarbolar las causas que dieron origen a su irrupción en la vida nacional.

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