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Marifiesto y alegatos

Señora CIJ, a esta escoria de mentiras y arrebato llaman su ‘gloriosa historia’ los vecinos del maltrato

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:02 / 06 de mayo de 2015

Mare nostrum que nos faltas al oeste nada-nadie, sin ti se da el imposible de estar naciendo sin madre. Van 136 años que el encierro nos sofoca y sufrimos a un vecino que se opone a toda costa. Yo creo que ahora procede enviar más alegatos a la Corte de La Haya, CIJ (sic), y vayan los datos.

Señora CIJ: con respeto y documentación fiel, entretelones le cuento de una guerra absurda y cruel. La invasión fue diseñada en Londres por la porfía de Victoria, Rothchild y Disraeli, la noble piratería.

Y Chile fue el instrumento de las acciones idiotas con Patrick Lynch, comandante inglés de las tropas rotas. Gran Bretaña dio dinero a los soldados en mano, buques de guerra, cañones y muerte en nombre del guano. El inglés John Thomas Nort fue el artífice del robo, se hacía llamar milord en Iquique y era un lobo.

Coparon Antofagasta con el cínico pretexto de que Bolivia quería cobrarles por el quintal de salitre diez centavitos de impuesto. Ocuparon a la brava la franja del Litoral, puertos, caletas, caminos y el universo del mar. Mil valientes desarmados, en Calama sobre el Loa, ofrecieron resistencia con audacia y desparpajo. ¡Y que se rinda su abuela, carajo!, les dijo Eduardo Abaroa.

Nos usurparon salitre, cobre, plata, molibdeno. Untaron de hipocresía su diplomacia de cieno. El cónsul Koenig lo dijo: “la victoria da derechos, todo el Litoral es nuestro porque simplemente es rico”. No es cosa de dos países si hay un imperio de muinas, el mismo poder que luego ocupara las Malvinas.

Señora CIJ, a esta escoria de mentiras y arrebato llaman su “gloriosa historia” los vecinos del maltrato. De ese tremendo atropello también le hablo sin tapujos, con autocrítica macha, sin lloridos ni dibujos.

En ese tiempo tuvimos presidentes de dos caras: Melgarejo, Arce, Pacheco, Campero y otros con taras. Chilenófilos, masones, empresarios de amenaza, militares alquilones, a excepción de Hilarión Daza. Los soldados bolivianos fueron a ofrecer batalla, pero esos jefes sellaban órdenes de faramalla. Aquellos mendaces dueños de la plata y sus filones ni un solo día pararon sus roles de exportaciones. En pleno frente tronaron al presidente patriota, ya no querían la guerra y apuraron la derrota. Y firmaron un tratado de entrampamiento en Ancón, cómplices en el “secreto” que oculta el rito masón.

Boliviano enclaustrado como un pecado mortal, no canto al Crucificado, sino al que anduvo en el mar. Ángel del sueño que marca con su espada la heredad de las aguas del Silala y el misterio del Salar. Señora CIJ, le confío todo cuanto siento y leo. Creo en su imparcialidad y con humildad deseo que con verdad nos conceda su intercesión y, bienhaya, se haga la ansiada justicia en el cielo y en La Haya.

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