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Marmita

La Paz se ha transformado en una marmita cotidiana, donde sólo se cocina la estupidez humana

La Razón / Carlos Villagómez

00:54 / 15 de mayo de 2012

Según Wikipedia, una marmita es “una olla de metal cubierta con una tapa totalmente ajustada. Se utiliza generalmente para procesar alimentos, jaleas, etc.” Si alguna vez califiqué esta ciudad de crisol, ahora me obligan a calificarla de marmita. Ni modo, una de cal y otra de arena.

Esta olla industrial puede ser de varios tipos y ahí, en ese sitio web que tanto desprecian los intelectualoides, encontré unos tipos muy sugestivos: “con agitador”, “con agitador de moción doble y auto basculante”, “con agitador al vacío”, etc. ¿Qué similitud con nuestros biotipos urbanos afanosos de prender la marmita y armar el jaleo?

En 187 años de historia republicana, Bolivia fue incapaz de estructurar un Estado fuerte. Somos, como definen los teóricos, un Estado fallido. Una patética calificación. El Estado fallido se caracteriza por: “Pérdida de control físico del territorio o del monopolio en el uso legítimo de la fuerza; erosión de la autoridad legítima en la toma de decisiones; incapacidad para suministrar servicios básicos; incapacidad para interactuar con otros Estados”. ¿Qué tal? ¿Te suena centenariamente conocido?

No deseo entrar al gremio de los comentaristas o panelistas políticos (que me aburren soberanamente), pero debo hacer estas consideraciones para berrear mi bronca de paceño que está hasta las narices con esta historia de cargarnos al país en nuestra espalda. Todo, pero absolutamente todo, que emerja de esa fallida condición estructural, debemos sufrirlo en nuestras calles y nuestros espacios públicos. Somos la población urbana más castigada por la frecuencia de los conflictos que aquí se manifiestan y ya somos masoquistas consumados. Nos encanta sufrir y parece que gozamos ante esos actos de crueldad y dominio. Como en una sistemática sesión de SM aceptamos que esta ciudad esté bloqueada, sitiada, aislada, cercada, lacerada, incomunicada, gasificada, asaltada, martirizada por cualquiera al que, simplemente, le dio la gana de hacerlo. Los que protestan pueden ser de aquí o del rincón más alejado del territorio boliviano. No importa su origen, todos deben llegar a la plaza Murillo como si se tratara de un cetro al alcance de todos. Ahí llegan todos, hinchados de paroxismo y teatralidad.

Personalmente siempre he sostenido que no tuvimos ni tenemos grandes epopeyas políticas. Siempre nos quedamos en la retórica y el palabrerío por las condiciones de nuestro ethos y de nuestra chatura como seres políticos. Aquí simplemente se dieron champa guerras o mediocres escaramuzas que debemos soportarlas a diario y en nuestras calles desde décadas atrás. En el inicio de este milenio, nuestra ciudad se ha transformado en una marmita cotidiana, donde sólo se cocina la estupidez humana.

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