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Martha

Abrir puertas era algo que Martha hacía de muchas maneras, a través de su obra, de su vida

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:53 / 10 de octubre de 2012

Cuando muere alguien querido, entrañable, la pérdida no sólo tiene que ver con una misma, sino con todos aquellos que esta persona iluminaba. Hay muertes que crecen como pasto desaforado, tocando a muchos, hiriendo a montón —que tienen un carácter definitivo, contundente en el hueco que talla su partida—.

Martha Cajías ha dejado el lunes su departamento de Sopocachi, ha dejado esas calles quemadas por el sol paceño que sostenían silenciosas su paso sereno las tardecitas en que se iba a dar clases a la Fundación. Muchas mujeres vivieron con ella esas tardes de magia, en las que entregaba con cariño y paciencia esa habilidad, ese arte, ocupando sus manos finas en los hilos, las lanas, el telar. Charlando como ella hacía, con voz profunda, de cosas simples, de cosas de la vida.

En una exposición suya de hace muchos años, cuando aún existía en La Paz la Galería Emusa, caí para siempre enamorada de su arte. No fue difícil enamorarse de él, pues apelaba a algo muy de fondo en quien lo veía y contemplaba. A algo muy de atrás, muy del comienzo de las cosas. Luego fui conociendo sus tejidos, sus batiks, sus dibujos, sus objetos, sus fotografías y ese mundo intenso, denso, cuidado me fue abriendo el corazón de una mujer prendida a la médula de la vida, a la fibra misma de las cosas.

Alguna vez escribí que la obra de Martha colinda con la artesanía, entendiendo ésta como arte popular, como arte anterior al arte. Ella expresaba a través de esa colindancia la voluntad de romper con las férreas fronteras que ha establecido el sistema de clasificación de lo artístico, erigiendo así una puerta —de hecho, abrir puertas era algo que Martha hacía de muchas maneras— entre varios mundos creativos, desensamblando las jerarquías.

En su última exposición en el Espacio Patiño, a cuya inauguración ella ya no pudo asistir, realizó varias instalaciones, en las que pudimos ver batanes, ajíes, madera, atados.

Nadie quiso ver en ese ritual cotidiano —o tal vez sí— que esos quepis eran los que ella iba preparando para su partida, para el viaje emprendido hace dos días. Los dejó allí, a vista de los que la querían, anunciando lo que muy pronto ocurriría. Estaba comenzando su adiós y preparando su equipaje, y éste no era una maleta, una mochila: eran unos quepis en los que seguramente llevaba algo de ropita, alguito para comer, el amor de Juan Carlos, algunos hilos, algunas fotos de sus hermanos. Así se debe haber ido Martha, con el equipaje ligero, con el equipaje adecuado.

Y aquí nos ha dejado, pensando en las múltiples cosas que todavía teníamos que decirle, en las horas que todavía teníamos que pasar conversando con ella, tomando tecito. Sopocachi ha estado amanecido menos luminoso. Ella, por supuesto, no coincidiría.

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