Columnistas

Martin Buber

Su filosofía se centra en el diálogo, porque todo pensamiento incluye un ‘yo’ y un ‘tú’.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 29 de junio de 2014

Mehmed parecía siempre asustado cuando me miraba, en sus ojos se adivinaba terror y dolor. Sus manos temblaban y tocaba una cicatriz en su frente, en tanto, detrás su esposa miraba el suelo y jugaba con un pañuelo. Era una pareja de palestinos que buscaban a un amigo que iba a llevar a Santa Cruz para iniciar una nueva vida. Sus hijos habían sido destripados por las bombas que el Ejército israelí había lanzado sobre Gaza. Sus familiares habían desaparecido y ya no tenían motivos para seguir viviendo, hasta que un boliviano libanés les habló del país y de las extensas tierras de los llanos. Después de pasar mil peripecias, arribaron a La Paz y buscaron a su amigo, al que yo conocí en un restaurante árabe de la calle Sagárnaga. En agradecimiento por mi pequeña ayuda me obsequiaron una especie de bufanda con los colores de la bandera palestina. Cada vez que me informo sobre la tragedia de Palestina y la injerencia del imperio norteamericano en los países árabes, con la implicancia de Israel, pienso en ellos y en las miles de familias que viven en zozobra por no tener el derecho a pertenecer a un Estado que les permita vivir en paz.

Hace años leí El eclipse de Dios de Martin Buber (1878-1965), un filósofo judío nacido en Austria, testigo de la violenta represión a gitanos, homosexuales, polacos, húngaros y judíos durante el régimen nazi. Emigró a Israel para escapar de la persecución. De formación anarquista, proponía la partición de Palestina en dos Estados: uno judío y otro palestino, a fin de acabar con la sangría centenaria de estos dos pueblos. Su filosofía se centra en el diálogo, porque todo pensamiento incluye un “yo” y un “tú” en los diferentes ámbitos de la vida. Así, se convierte en un acontecimiento relacional que tiene por objeto la comprensión de aquello sobre lo que se conversa y de aquel con quien se conversa. Y si el diálogo es camino de conocimiento de la realidad y del otro humano, es también el método de realización y socialización, ya que somos lo que somos gracias a nuestra relación con otros; y la realidad se nos presenta, a su vez, como mundo compartido. Según los pensadores católicos, podemos definir el diálogo como una forma de expresión, de discurso, de presentación de lenguaje, por lo tanto, no es simple conversación. Toda esta finura conceptual se derrumba ante la apabullante realidad de intereses económicos que se juegan en Medio Oriente, y hacen imposible lo que Buber pergeñaba, soñando, quien sabe una solución, más allá de los dogmas religiosos y la brutalidad militar capitalista.

Existe una corriente que intenta renovar la “Declaración de una ética mundial”, hecha por el Parlamento Mundial de las Religiones (1993). El papa Francisco promueve ahora el diálogo entre las grandes tradiciones religiosas para ponerse de acuerdo, ante el desafío de afrontar los grandes retos de la humanidad, huyendo de particularismos y no dejándose manipular por intereses políticos de los países en los cuales están arraigadas. Joan Carrera, teólogo jesuita, propone una meta: “Uno de los primeros entendimientos tendría que ser conseguir la solución pacífica de los conflictos en los cuales interviene el elemento religioso, ya que estos conflictos están dificultando el desarrollo de muchos países pobres. Se hace necesario en especial el diálogo entre el cristianismo y el islam y entre hinduismo e islam”. Ignora el judaísmo, cuyo epicentro es el Estado de Israel, con fuertes nexos con el capitalismo mundial. Seguramente no lo considera parte de la solución de los conflictos.

Se considera al judaísmo, cristianismo e islamismo, como místicas de fe; en tanto que al hinduismo, budismo y taoísmo, religiosidades con místicas del ser. Estas últimas consideran la paz interior como un reflejo de la paz exterior; aspecto que las otras no contemplan. No obstante, la mística se considera intrínsecamente antiviolenta. La mayoría de las violencias impuestas por unas naciones sobre otras solo pretendían, en teoría, hacerles “entrar en razón” o “aceptar la verdad”. En los ojos de Martin Buber se adivinan las mismas escenas de terror que vivió Mahmed.

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