Columnistas

De MAS a menos

La Razón / Rubén D. Atahuichi López

00:00 / 18 de diciembre de 2012

Una paradoja acompaña al gobierno de Evo Morales: un crecimiento electoral sostenido desde 2002 y una crisis de estructuras, sostenida también, desde su irrupción. Es mi hipótesis, a juzgar por su conformación, inicialmente por parte de cocaleros, el nido del líder político, y, luego, por los movimientos sociales y sectores de clase media.

Si bien en 2002 —cuando fue sorprendentemente segundo en las elecciones generales (20,94% de votos con relación al 22,46 del Movimiento Nacionalista Revolucionario, MNR)— el Movimiento Al Socialismo (MAS) no se atrevió a tomar el gobierno con una alianza que no quiso, fue precisamente porque carecía de cuadros políticos para la gestión. Claro, el discurso más fuerte de entonces fue que “el partido” no iba a incurrir en el cuoteo del voto del pueblo para hacer gobierno con una coalición, como acostumbraba la partidocracia.

Tres años después, el MAS llegó al poder, y en alianza con el Movimiento Sin Miedo (MSM), para entonces con amplia experiencia en la gestión pública, por el manejo administrativo de una de las alcaldías más grandes del país: La Paz. Juan del Granado había terminado de ayudar al MAS a conquistar el voto de la sede de gobierno. Casi al mismo tiempo se sumaban académicos e intelectuales progresistas, políticos de la izquierda tradicional o facciones del Ejército de Liberación Nacional (ELN), como la propuesta inicial para el manejo de la cosa pública.

Tras el primer gobierno de Morales, la cosa ha cambiado, muchos han abandonado el MAS. Filemón Escóbar, Román Loayza o Félix Patzi no son parte de esa organización política, y con ellos se fueron muchos otros. Hasta ahora me pregunto cómo Raúl Prada, Gustavo Guzmán o Alejandro Almaraz terminaron el idilio político con Morales y el MAS. Claro, dicen que ambos desviaron el proceso de cambio o que han conformado una neoburocracia.

Ninguno de los que se fueron habla bien del MAS y su jefe político. Algo grave ha debido pasar para que de un día para otro digan que éste no es el cambio que habían intentado ayudar a consolidar.

Abstrayéndome de aquéllos y sus motivos, considero que los dos tercios de votos conseguidos en las elecciones de diciembre de 2009 le han hecho mucho daño al MAS y al Presidente del Estado. Como advertían ciertos análisis en su momento, la hegemonía política no fue administrada de manera prudente: Morales sigue viviendo la paranoia del neoliberalismo a pesar de sus casi siete años de gobierno, los movimientos sociales afines al Gobierno se han envalentonado a tal punto que se creen dueños del país (los cooperativistas son el ejemplo más nefasto) y la gestión pública —salvando los aciertos grandes como el sistema de cedulación, por citar alguno— se corroe poco a poco por la ineficiencia o el descontrol.

De esos males, el último es el peor. Esa situación condiciona un ambiente fértil para la corrupción. Funcionarios advenedizos promovidos por parentescos o dirigencias, resabios de la administración neoliberal mimetizados en el “proceso” y el “instrumento” o buscapegas sin compromiso de servicio están carcomiendo al Gobierno.

Todo eso explica la develación de la existencia de una red de extorsión en oficinas claves de la administración estatal, que le ha hecho grave daño a Morales y al MAS, quizás reversible en la medida en que el Presidente del Estado asuma el control de la situación más allá del discurso. La credibilidad del Gobierno está de más a menos, aunque salvable.

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