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Mataperros

Matar un perro no te hace peor que  los demás, solo nos muestra la verdad de todos nosotros

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Carlos Ruiz De la Quintana

02:02 / 03 de junio de 2015

Gandhi afirmaba que “un país, una civilización se pueden juzgar por la forma en que trata a sus animales”. Pero el líder pacifista, protagonista de la independencia de la India, también afirmaba con la misma contundencia que la no-violencia es el verdadero camino hacia la transformación de la humanidad. En su discurso al Congreso indio expresaba de este modo sus ideas: “He leído mucho acerca de la Revolución francesa. Mientras estuve en la cárcel leí el trabajo de Carlyle. Tengo una gran admiración por el pueblo francés, y Jawarharlal me ha dicho todo sobre la Revolución rusa. Pero yo sostengo que a pesar de que ellas eran luchas por el pueblo, no eran luchas por la verdadera democracia que yo visualizo. (...) El establecimiento de la democracia mediante la no-violencia significa que cada uno es su propio amo”.

Recientemente causó una gran indignación el cruel maltrato contra un perro que fue colgado del pescuezo y lapidado hasta la muerte en una localidad de Cochabamba. El hecho motivó muchas manifestaciones en defensa de los animales, en demanda de una ley que los proteja de este tipo de abusos. Sin embargo, con exactamente la misma violencia con la que murió el perro, una turba de enfurecidos y rabiosos ciudadanos llegó a la casa de la mujer protagonista del maltrato, para tirar piedras, quemar la puerta de ingreso  y pintarrajear sus muros. No contentos con aquello, esperaron a que la Policía la saque custodiada de su casa para amenazarla, insultarla y agredirla. ¿No debería ser igual de reprobable la reacción de una turba que, aprovechando su anonimato, ejercita toda su violencia contra una mujer de la tercera edad?

Según señala el sumario de los hechos, el can habría sido “ajusticiado” por haber matado una gallina de la dueña de casa. Al parecer la señora aplicó al pie de la letra una conocida sentencia bíblica que dice: “ojo por ojo, diente por diente”. La protagonista del escándalo se habría ahorrado un gran suplicio si hubiese llevado al perro a su cocina, tomaba su cuchillo más filo y lo degollaba en el hermetismo de sus cuatro paredes. Pero como no vivimos en China y nadie tiene idea a ciencia cierta cómo se cocina la carne canina, la mujer escogió una cuerda y unas piedras para hacerse pasar su rabia. Y es que solo quien sabe lo que es criar gallinas comprende lo duro y lo frustrante que es perder un pollito crecido y engordado con mucho sacrificio.

Podemos sacar valiosas lecciones de todo esto. Primero, matar un perro no te hace peor que los demás, solo nos muestra la verdad de todos nosotros. Segundo, cuando abogues por los derechos de los animales, no te olvides que el pollo que te comiste hoy creció en tres meses con inyecciones de hormonas y murió decapitado cuando todavía respiraba ¿Que eres vegano y lo tuyo es la deliciosa carne de soya transgénica?

Eso no te hace diferente. El bosque donde habita toda la vida silvestre es devastado por cultivos humanos en pequeña y gran escala. Tercero, un mundo distinto no se logra crucificando a una anciana o llorando por un perro, cuando te vale un pepino la miseria de un niño explotado o un feminicidio. ¿Por qué nadie organiza marchas por eso o pidiendo que se cumplan las leyes?

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