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Médicos sin Fronteras

La autonomía en las operaciones de Médicos sin Fronteras es su invalorable carta de presentación

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:29 / 08 de diciembre de 2012

En estos tiempos en que los sistemas de salud pública están siendo evaluados severamente en todas partes del mundo, la profesión misma del médico es, para los más, un mercader de la muerte ataviado de mandil blanco; y para los menos, los pudientes, el apóstol estipendiado para la conservación de su buena salud. Por ello, sorprende que aún existan profesionales que dejen la tentación de una promisoria carrera profesional para embarcarse en la edificante aventura de salvar vidas en medio de guerras interestatales o de conflictos civiles, en los puntos calientes del planeta.

En ese marco se inscribe el libro ¿A cualquier precio? (Icaria, Barcelona, 2012), que contiene testimonios de aquellos quijotes que conforman la organización no gubernamental Médicos sin Fronteras (MSF), una entidad médico-humanitaria internacional que desde hace 40 años ayuda a poblaciones en situación precaria, y a víctimas de catástrofes y de conflictos armados, sin discriminación de raza, religión o ideología política. Con un presupuesto anual de $us 1.180 millones, su ejecutoria en el último año, es impresionante: 7,3 millones de consultas externas; 360 mil pacientes hospitalizados; atendió 370 mil niños desnutridos; 174 mil enfermos de cólera; 40 mil heridos de guerra y 180 mil personas seropositivas.

Pero su labor caritativa, principalmente en países africanos y asiáticos, no está exenta de roces con gobiernos represivos que ven con gran susceptibilidad la presencia de médicos extranjeros en zonas de conflicto, hasta el extremo de haber sido expulsados de Niger y Sudán, restringidos en Yemen y silenciados en Sri Lanka.

Desde que Henri Dunant, en 1859, abrumado por el sufrimiento de los heridos en la batalla de Solferino, impulsó la noción del Derecho Internacional Humanitario, la idea ha evolucionado hasta el controvertido principio del derecho de injerencia, figura que en manos de las potencias centrales es manipulada para adelantar sus intereses económicos o geopolíticos. No es el caso, sin embargo, de MSF, cuya imparcialidad y neutralidad son pilares constitutivos del movimiento.

Entre los testimonios me ha llamado la atención, la presión que ejerce EEUU en Paquistán, para evitar que MSF opere en las zonas no despejadas o entre las poblaciones signadas como partidarias de los talibanes. Muchas veces MSF debe recurrir a la protección armada para preservar sus equipos y sus convoyes, apostando el riesgo de lo imprevisto. Sin embargo, también surgen obstáculos de carácter cultural, como cuando en Sudáfrica el presidente Thabo Mbeki rechazaba toda relación entre el sida y el VIH, fomentando sólo el uso de remedios naturales, oponiéndose a los medicamentos eficaces, señalando que era un medio utilizado por los blancos para perpetuar su dominación. Empero, la acción de MSF ha mostrado su pertinencia también en Francia, donde, como indica Michael Neuman, se asiste a los miles de indeseables que constituyen la “nueva pobreza” sumergida en la opulencia de los países ricos.

En momentos en que la denominada guerra global contra el terrorismo invade espacios con desprecio a los derechos humanos, la autonomía en las operaciones en el terreno de MSF es su invalorable carta de presentación entre los bandos divergentes. Porque, como se señala en el texto que comento, parafraseando a Clausewitz, el humanitarismo y no solamente la guerra se han convertido ahora en la continuación de la política por otros medios. En ese contexto, se ha legislado en EEUU disposiciones que criminalizan cualquier ayuda que se proporcione a grupos insurgentes. Así por ejemplo, instalar un hospital o la cooperación a un programa médico, en zonas controladas por los talibanes en Afganistán, podría llevar al MSF a los tribunales, acusándolos de apoyar al terrorismo.

Con todos estos antecedentes, es pertinente la pregunta del título del libro: ¿Debe proseguir, a cualquier precio, la misión que se ha impuesto MSF, sin importarle las consecuencias que su apostolado provoca?

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