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Mediodía en enero

Ese frenético minuto del 24 de enero al mediodía encierra la fuerza invencible de nuestra cultura

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 02 de febrero de 2014

El 24 de enero al mediodía en punto, los paceños entramos en una catarsis colectiva que no se ve en ningún otro día, en ninguna otra hora, en ninguna otra fiesta. Así como en Alasita se vende todo en miniatura, también nosotros nos reducimos a una escala más infantil, más pequeña, y nos dejamos llevar por la magia.

No se explica de otra forma las hordas de compradores que hormiguean por todos los parques y plazas de la ciudad desde las 11.30 en busca de adquirir una versión de sus sueños pequeña y al alcance de todos los bolsillos. No se explica que los más humildes y los más pitucos, los más pudientes y los más sencillos compartan en ese momento especial la posibilidad de hacer realidad sus deseos.

Y es justamente en esa posibilidad donde se encuentra la magia de esta particular fiesta. Si la tradición se hubiese mantenido estática en sus orígenes agrícolas, probablemente habría ya desaparecido de las calles paceñas. Pues al pasar el tiempo el Ekeko se mudó a la ciudad, y la ciudad todo lo cambia, en especial los deseos, que cada año se transforman, se cumplen, se desechan, se reemplazan. El deseo de tener buenas notas en la libreta se convierte en el deseo de acceder a una profesión completa. Luego las necesidades cambian de nuevo, y empiezas a desear un contrato de trabajo, un gallo o gallina, una casa, un auto, un hijo, un divorcio, un viaje, una tienda, un puesto, un edificio, salud, dinero —todo el ciclo de la vida reflejado en las miniaturas que se elaboran, exponen, venden, compran, comparten y atesoran—.

Ese frenético minuto del 24 de enero al mediodía encierra la fuerza invencible de nuestra cultura, que no se amilana ante la globalización, el euro, las maestrías en Harvard, los elefantes blancos de la India, los caballos chinos de la fortuna, los misterios de la muerte, la enfermedad o la vida misma. Todo se lo apropia, todo se lo engulle para recrearlo en sus propios términos, con sus propias reglas, generando un minuto de esperanza colectiva y —como no puede ser de otra manera— ganándose unos pesos en el camino.

Es cineasta.

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