Columnistas

Megarrepresas para qué desarrollo

Sus impactos en el ambiente pueden ser más perversos que una carretera en medio de un Parque

La Razón / Xavier Albó

00:00 / 11 de diciembre de 2011

La atención y la polarización nacional sobre dos visiones de desarrollo han estado últimamente centradas en torno al megaproyecto de una gran carretera que, se teme, iría carcomiendo la riqueza natural del TIPNIS. Pese a la ley corta ya aprobada y al segundo borrador ya concertado de reglamento, está cantado que el debate entre las dos visiones seguirá candente. Pero esta vez me fijaré en otro componente igualmente relevante para ambas visiones de desarrollo, a saber, las megarrepresas hidroeléctricas.

En Bolivia desde hace tiempo hemos generado electricidad aprovechando los grandes desniveles andinos, sea en la cuenca del Zongo, para dar luz a La Paz; o en Corani y las sucesivas plantas de Santa Isabel en la bajada al Chapare; o, de cara al futuro, el tan soñado como atascado sueño de Misicuni, también en Cochabamba. Esas plantas hidroeléctricas no provocan debate de tipo medioambiental porque son limpias y poco contaminantes.

Pero ahora ya se habla insistentemente de otras grandes represas hidroeléctricas en las tierras bajas de la Amazonía. Su gran potencial para generar energía ya no se debe al voltaje generado por los fuertes desniveles, sino a los grandes volúmenes de agua que pasan por un conjunto de turbinas en serie.

Nuestro modelo y padrino en este tema es el Brasil. Ya en los 70 se hizo célebre a nivel mundial por la mayor central hidroeléctrica de todo el hemisferio occidental en Itaipú (La piedra que canta, en guaraní) entre Brasil y Paraguay, aguas arriba de las impresionantes cataratas de Iguazú (El agua grande). Pero además, Brasil tiene o está construyendo otras 60 megarrepresas, varias con costos de miles de millones de dólares. Una carretera como la del TIPNIS se queda chica a su lado.

Entre ellas están las cuatro del Complejo Hidroeléctrico del Río Madeira, el que recoge la mayor parte de las aguas de Bolivia, desde la Cordillera Andina hasta el extremo norte de Abuná, en Pando. Ya se están construyendo las dos más bajas, Santo Antonio y Jirau (en Rondonia); aguas arriba está planificada Riberao, con Brasil a un lado y Bolivia al otro, unos 15 km al norte de Guayaramerín-Guajaramirim, y ya sólo en Bolivia la cuarta en la histórica Cachuela Esperanza sobre el río Beni. Pero estas maravillas de la ingeniería tienen también su gran joroba, pues sus riesgos medioambientales son mucho mayores. Un buen y erudito amigo que sabe de esas cosas me comentó que por su elevado costo y sus efectos medioambientales pueden tener efectos mucho más perversos que una carretera en medio de un parque natural.

Un reciente estudio de Gregorio Lanza y Boris Arias sobre las consecuencias ambientales de la represa Cachuela Esperanza (CIPCA 2011) muestra que las inundaciones directas e indirectas que  generaría superarían las 220 mil hectáreas, llegando hasta más allá de Riberalta y hasta las provincias de Manuripi y Madre de Dios en Pando, a más de 150 km; y si se les combinan las inundaciones periódicas causadas por el fenómeno del Niño y de la Niña, los efectos pueden llegar hasta Rurrenabaque, al pie de la Cordillera, con impacto directo en todo el hábitat y sus habitantes. Pensémoslo bien antes de meternos.

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