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Mejor Ámsterdam que Michoacán

Como la violencia jamás construye nada, la guerra contra las drogas es un rotundo fracaso

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

00:25 / 20 de febrero de 2014

Si tuviera que definir de modo ontológico qué es la guerra, diría que es un exceso de Estado. Los gobiernos empiezan por crear fuertes tensiones al imponer contra natura coactivamente leyes y regulaciones, luego reprimen como Maduro las protestas en Venezuela y, finalmente, cuando las tensiones son los suficientemente grandes, terminan armando guerras.

Entre 1920 y 1933, el puritanismo americano —e intereses creados— decidieron prohibir una droga altamente dañina, el alcohol. En su soberbia, “los buenos” creyeron que debían forzar el bien y vino la “ley seca”. No cayó el consumo pero sí aumentó la violencia, al punto que apareció un modus delictivo hasta entonces desconocido: la mafia. Luego Nixon se inventó la “guerra contra las drogas”, liderada por EEUU para acabar con la producción, el comercio y consumo de ciertas sustancias psicoactivas, no medicinales.

Al igual que en el caso de la “ley seca”, la represión violenta de la actividad relacionada con estas drogas altamente dañinas ha provocado un aumento descomunal en la violencia, creando un nuevo tipo de delito feroz: el narcotráfico. En rigor, la “prohibición” funciona como un monopolio altamente rentable para quienes sobornan adecuadamente a los funcionarios, de modo que más bien debería de llamarse la “guerra por el control de las drogas”. Así se criminaliza al consumidor y al narco se le dan altas ganancias para incentivar su ferocidad y búsqueda de clientes.

Como la violencia jamás construye nada, la guerra contra las drogas es un rotundo fracaso —salvo al asesinar y conseguir más drogadictos— y un malgasto de una cantidad astronómica de recursos en un mundo con mucha pobreza. Según la ONU, la producción de cocaína en la región andina es mayor que la producida a nivel mundial en 1990. Un caso patético es el de Michoacán, en México, donde nadie confía en nadie y donde todos se acusan de todo. Además de los narcos y la Policía, ahora están las “autodefensas”, paramilitares que usan armas cuya posesión ya constituye un delito grave. A pesar de ello se sientan en la misma mesa con policías, militares y fiscales.

El Gobierno mexicano tiene un discurso altamente incoherente empezando por avalar la idea de que las “autodefensas” existen ante la “falta de Estado” que garantice la seguridad. Por el contrario, es el exceso de Estado el que ha creado esta guerra con los narcos, y algunos civiles han decidido que la mejor “defensa” era armarse. Además, dice que ahora convertirá en eficientes los programas oficiales que reconoce que han funcionado mal durante años y cuyos fondos han beneficiado a criminales y funcionarios corruptos. En el colmo de la incoherencia, un alto funcionario aseguró que “no puedes solucionar un problema a través de la violencia”. Me pregunto, y las fuerzas oficiales ¿con qué reprimen a los narcos, con flores?

Además, los terroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) probablemente no existirían ya de no ser por la financiación que reciben del tráfico ilegal. Pasados más de 50 años de la guerra contra las drogas, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, se preguntaba “¿vamos a seguir otros 50 años? ¿O hay alternativas?”. El famoso red-light district, donde hay varios coffee shops legales que venden marihuana y prostitución es un barrio desaconsejable de la muy bonita Ámsterdam. Sin embargo, es más seguro y pacífico que muchas ciudades estadounidenses y europeas.

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