Columnistas

Memín Pingüín

Memín y su pandilla, Los Vikingos bravos, vivían aventuras sin límites, pero con cierto sabor cotidiano

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

02:21 / 30 de abril de 2015

Muere el mexicano Valencia”, se lee en el pequeñísimo titular del periódico, antecediendo la noticia de 4 x 2,5 centímetros y 24 palabras que dan cuenta de la muerte del autor de Memín Pingüín, el caricaturista Sixto Valencia Burgos. Suficiente para causar un torrente de recuerdos y trasladarnos a la década de los 60 cuando, cada jueves, esperábamos que la librería Dismo entregue el ejemplar de la revista en la que Memín y su pandilla, Los Vikingos bravos, vivían aventuras sin límites, pero con cierto sabor cotidiano.

Memín, el personaje central de la caricatura, era un niño de piel negra, ahora diríamos afrodescendiente, con boca muy ancha, orejas como platos, huérfano de padre, travieso y pobre que tenía que lidiar con la falta de dinero, la escuela, los castigos y los mimos de su madre viuda y lavandera.

Los tiempos de Memín tenían una suerte de ingenuidad en la sociedad boliviana que nos llevaba a pensar que los únicos racistas eran los estadounidenses, porque segregaban a los negros. Nuestro racismo hacia los indígenas no era racismo, según nuestro criterio. Los buenos eran muy buenos y los malos, muy malos, no había dónde perderse. Hoy la frontera entre la maldad y la bondad es un campo divisorio que de tanto transgredirse se ha hecho menos visible.

A Memín y sus amigos los castigaban a golpes con una varilla, un cinturón o una madera con clavos. Entonces no estaba reñido con la sociedad pegar a los niños porque era la forma más categórica  de “educar”. Hoy estamos absolutamente seguros de que ese tipo de violencia solo genera mayor violencia y que golpear a un niño es un delito. La mamá de Memín no podía aspirar a un oficio mayor que el de lavandera, porque era mujer y negra, al igual que las mamás de sus amigos, quienes, por más ricas que fueran, sus ocupaciones no podían cruzar la línea que la división sexual del trabajo les marcaba: amas de casa, madres o esposas a tiempo completo. En Bolivia, en los años 60 las mujeres ejercían su derecho al voto y estaban comenzando a librar batalla para tener reconocimiento como profesionales en todos los campos y dejar el cuadro de las excepciones en el desempeño de la medicina, la arquitectura y ni qué decir de las ingenierías.

A esta altura de la vida, recordar a Memín fue traer a la memoria la inocencia de un tiempo en el que no existía el futuro ni el pasado, solo el presente de mañanas luminosas y tardes de radio con la imaginación a flor de piel, calles casi peatonales donde en el vocabulario no existían las palabras internet, celular, WhatsApp, cuando nada era virtual y todo se hacía cara a cara, reír no era ja…ja…ja y tqm era decir de verdad “te quiero mucho”. Pero todo esto es parte del pasado y tiene el color sepia, al igual que el negrito Pingüín, su ma’linda, Carlangas y Ernestillo.

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