Columnistas

Memoria de Eduardo Galeano

Ese evento excepcional me viene a la memoria mientras intento perpetrar frases en homenaje a Galeano.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 26 de abril de 2015

Hace tres décadas, Eduardo Galeano visitó Cochabamba de manera casual, y gracias a Alfredo Medrano, eximio periodista que conocíamos como Urbano Campos, unos cuantos novatos en el arte de escribir pudimos escuchar su voz pausada, contando las cosas como solo él podía hacerlo. Diez años después regresó a la Llajta y tuvimos la suerte de armar un puente para un encuentro entre Eduardo Galeano y Domitila Chungara, su amiga del alma, en un auditorio de la Universidad Mayor de Simón. Ese evento excepcional me viene a la memoria mientras intento perpetrar algunas frases en homenaje a Eduardo Galeano. Era una noche plácida y la gente estaba impaciente porque se trataba de la primera presencia pública del escritor uruguayo en Cochabamba, y es fácil imaginar las ganas que teníamos para escuchar su voz pausada, registrar sus gestos humildes y conocer sus historias que cuentan nuestras historias latinoamericanas.

Una de esas historias está narrada en su libro Memoria del fuego III. El siglo del viento, publicado en 1996, y es un relato de la huelga de hambre contra la dictadura de Banzer que fue liderada por Domitila Chungara y sus compañeras mineras amas de casa. Se titula Cinco mujeres y en un pasaje ella dice diciendo: “‘El enemigo principal, ¿cuál es? ¿La dictadura militar? ¿La burguesía boliviana? ¿El imperialismo? No, compañeros. Yo quiero decirles estito: nuestro enemigo principal es el miedo. Lo tenemos dentro’. Estito dijo Domitila en la mina de estaño de Catavi y entonces se vino a la capital con otras cuatro mujeres y una veintena de hijos. En Navidad empezaron la huelga de hambre. Nadie creyó en ellas. A más de uno le pareció un buen chiste: —Así que cinco mujeres van a voltear la dictadura. El sacerdote Luis Espinal es el primero en sumarse. Al rato ya son 1.500 los que hambrean en toda Bolivia.

Las cinco mujeres, acostumbradas al hambre desde que nacieron, llaman al agua pollo o pavo y chuleta a la sal, y la risa las alimenta. Se multiplican mientras tanto los huelguistas de hambre, 3.000, 10.000, hasta que son incontables los bolivianos que dejan de comer y dejan de trabajar y 23 días después del comienzo de la huelga de hambre el pueblo invade las calles y ya no hay manera de parar esto. Las cinco mujeres han volteado la dictadura militar”.

Por eso, cuando Eduardo Galeano paseaba esos días por los valles cochabambinos anotando sus recuerdos en unos cuadernos diminutos, a nadie le pareció extraño que preguntara por Domitila Chungara. Y la pregunta fue tan simple y profunda como esas frases que inventaba el escritor uruguayo y ya no las escribía en una servilleta, porque para eso estaban sus cuadernitos centimétricos que su esposa le regalaba para que el viento no borrara las palabras mientras vuelan. Y cuando Eduardo se enteró que Domitila estaba viviendo en Quillacollo y tenía a su cargo una escuela de formación sindical, no dijo nada, simplemente imaginó —supongo— que desde ese instante todos nos dedicaríamos a buscarla para que asista a su conferencia.

Esa tarde, cuando ingresamos al auditorio de las UMSS me correspondió avisarle a Eduardo, señalando un asiento en el fondo del recinto: “Ahí está ella, en la última fila, ocultando su cabeza de nuestra mirada, ¿quieres que le invite para que nos acompañe en la mesa?”. —No, me respondió, “ese placer será mío”. Y cuando el silencio de la expectativa ante el inicio de su conferencia ahogaba la sala, Eduardo Galeano agarró el micrófono, se puso de pie y casi susurrando dijo: “Un pajarito me ha contado que aquí se encuentra mi amiga Domitila”. Ella seguía intentando ocultar su rostro detrás de las cabezas de unos estudiantes, pero no pudo aguantar la emoción cuando Galeano exclamó: “Ven, Domitila, te estamos esperando”. Ella se puso de pie en medio de los aplausos y se acercó a la mesa para fundirse en un cálido abrazo con su amigo uruguayo. La calidez de Eduardo Galeano convirtió ese recinto en una fiesta, y él empezó a contar sus historias de la(s) historia(s) del mundo y, de rato en rato, mientras leía fragmentos de sus libros se quedaba mirando a Domitila Chungara, sonriendo con ella como celebrando esa coincidencia. Una lección de amistad, memoria y compromiso, otra faceta de su legado y su admiración por nuestro país.

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