Columnistas

Memoria de abril

60 años después de la insurrección del 52, el nacionalismo revolucionario sigue vigente

La Razón / Máscaras y espejos - Fernando Mayorga

00:02 / 08 de abril de 2012

Quién me ha robado el mes de abril? Se pregunta Joaquín Sabina en una hermosa y melancólica canción para contar y cantar desencuentros y abandonos. Similar interrogante se me viene a la mente, pero esta vez con una fecha precisa que evoca un acontecimiento trascendental en nuestra historia y con un anagrama de por medio porque “robado” se me antoja leer como “borrado”. Entonces, la pregunta es: ¿quién nos ha borrado el 9 de abril? Y me refiero a la insurrección popular que derivó en la Revolución Nacional (así, en mayúsculas), el acontecimiento que marca el fin del siglo XIX boliviano, como señaló con acierto un historiador de los que saben. Una  revolución que se gestó durante tres décadas, aquellas que transcurren entre la Guerra del Chaco y la insurrección de 1952, y que inauguró un nuevo orden político que, después de 12 años y tres gestiones gubernamentales al mando del MNR, concluyó con un golpe de estado en 1964. Sin embargo, la derrota del MNR se transmutó en un triunfo ideológico porque el discurso del nacionalismo revolucionario se había convertido en creencia colectiva, en sentido común, en proyecto estatal.

Estos días circulan comentarios sobre la Revolución Nacional que cuestionan sus efectos transformadores con el argumento de que solamente fue otra cara del colonialismo, porque impulsó la homogeneización cultural; es decir, el nacionalismo es definido como una ideología negadora de la diversidad étnica. Es una mirada relativamente correcta pero reduccionista, porque el nacionalismo del siglo pasado fue algo más que un dispositivo de dominación, fue una propuesta de emancipación que enfrentaba al “superestado” minero como estructura de poder y criticaba el reduccionismo clasista de raigambre marxista. Por eso apelaba al “pueblo” como sujeto de la revolución y condensaba las contradicciones históricas en la antinomia “nación/antinación”, tal como la esbozó Carlos Montenegro en su principal obra: Nacionalismo y coloniaje.

Es obvio que la fuerza explicativa de esa idea sigue vigente con distintos términos, con otras palabras, porque inclusive los críticos del actual Gobierno navegan en sus aguas cuando, por ejemplo, reducen la interpretación del proyecto estatal en curso a una contradicción entre extractivismo/pachamamismo y oponen lo indígena a lo campesino en la discusión sobre el sujeto de esta “revolución democrática y cultural”, sin percatarse que lo plurinacional se refiere (y sólo puede referirse) al Estado. Y el Estado, como pregona el nacionalismo revolucionario, es una materialización institucional de la comunidad política, no interesa si ésta es nombrada como “nacional” o “plurinacional”; tampoco interesa si el sujeto es el “pueblo” o las “naciones y pueblos indígena originario campesinos”. No interesa mucho si es que vemos los hechos en perspectiva histórica, porque 60 años después de la insurrección del 52, el nacionalismo revolucionario sigue vigente en las visiones de integración territorial y cohesión social con las inevitables adaptaciones a la época. Si antes se propugnaba la “bolivianidad” como síntesis o mezcla, ahora debe pensarse la identidad boliviana a partir de la diversidad cultural; si antes se propiciaba el centralismo, ahora debemos pensar en clave de autonomías territoriales. Cosas así, porque no es tan complicado, ni tan grave. Menos grave es que aquellos ideólogos que promovieron que la Revolución Nacional no sea siquiera mencionada en el preámbulo de la CPE en la actualidad acusen al MAS y a Evo Morales de “traicionar” el proyecto de Estado Plurinacional, esto es de seguir las huellas del nacionalismo revolucionario. En fin, algunas cosas no se pueden borrar con la pluma, ni con la espada.

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