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Memoria ballonesca del Pepe

Al Pepe me unía la mística por la música folklórica, pero nos distanciaba el ajedrez, su gran pasión.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:00 / 16 de septiembre de 2018

Comencé a saber de él hacia 1966, en la Peña Naira, fundada por él, donde yo singaneaba con el Cavour. Al Pepe me unía la mística por la música folklórica, pero nos distanciaba el ajedrez, su gran pasión, que nunca jugué porque en mi infancia un profesor idiota me dijo que en ese tablero se castraba al tiempo. Pobre de mí.

Con Luis Alberto Ballón éramos bien amigos. Festejaba mi humor en Olla de grillos, un programa antidictatorial y suicida que difundía Radio Altiplano. Me pasaba chistes y chismes políticos que alguien le filtraba desde el Palacio Quemado. Fue él quien propuso mi nombre para actuar en el Teatro Municipal en la obra Gringo bandolero, con la primera actriz (Tota Arce), el músico suizo Gilbert Favre, Los Jairas y 20 camaradas zampoñaris de Italaque. Fue la única vez que me pagaron requetebién por explayar mis gracias verbales ante el público.

Las fotos en blanco y negro que conservo de esos eventos las tomó la chilena Violeta Parra, quien había llegado a La Paz, en los días de Navidad de 1965, dizque para reconquistar el amor del gringo Favre, y así le fue. Se pegó un balazo en la boca en febrero del año siguiente.

En 1971, Ballón y los izquierdistas caímos en desgracia por el derrumbe del gobierno de Torres. Varios optamos por el exilio. Él se fue a Venezuela y yo, a México y el Perú. Volvimos al país hacia 1977 con la amnistía arrancada al tirano Banzer, pero duramos poquito tiempo en el país, porque otros dos sardanápalos, el degeneral García Meza y el narcoronel Arce Gómez, tomaron a la mala el Gobierno en julio de 1980, y se dieron a matar al pueblo en calles y plazas. Fue la vez en que quebraron a Marcelo.

Los ya marcados por el fascismo buscamos salvar el pellejo, y así topé con Ballón en la Embajada de México para asumir otro exilio. En octubre de ese 80 salimos desterrados con otros 43 bolivianos. El Pepe estuvo en México por breve lapso, pues se fue a Caracas. Hombre vinculado al trabajo editorial, desde allí me envió un fajo de tarjetas de homenaje a Marcelo Quiroga con mi poesía A pesar de la ira impresa junto al rostro del líder socialista dibujado por el argentino Carpani.

Se dio modos para volver a Bolivia en 1983 y se reintegró a su trabajo en la imprenta universitaria de la UMSA. En agosto del 86 me entregó en La Paz 100 ejemplares de mi texto de poesías Pienso, luego exilio, con un agradecible prólogo del rector Pablo Ramos. Ese libro de formato breve tiene 132 páginas y es de tapas duras en colores verde, rojo, café y azul... “con el tipo y empaste cartoné”, como me dijo con su letra redondita en una carta a México.

Yo lo buscaba antes que a nadie cada vez que retornaba al país. Una mañana me citó en un café de la avenida Villazón y vino acompañado del maestro Wálter Solón. De improviso, mis contertulios me mostraron una fotografía vieja de unos jóvenes enfundados en camisas pardas haciendo el saludo de ¡Heil Hitler! con el brazo extendido al frente. ¿Quiénes son?, pregunté, y el pintor Solón dijo que eran Jaime Saenz y Jorge Carrasco. El Pepe hizo las precisiones. El poeta paceño y el hijo mayor del dueño de El Diario eran en los años 30 los activistas nazis más abiertos en Bolivia y viajaron a Alemania en 1938, junto con otros jóvenes pudientes, en los años de esplendor del nazismo y del Fuhrer.

Esa foto existe; no sé quién la guarda, pero debe estar en algún archivo y ya aparecerá. Narré ese episodio porque ahora está de moda, y en buena hora, la Casa del Poeta, alzada en el domicilio que fue de Jaime Saenz en Miraflores. Concluyo esta semblanza del joven centenario Luis Alberto Ballón (que este año habría cumplido un siglo de vida) con una oferta de disculpas al lector porque, en la dinámica del relato, hablé también de mí. Ni modo, es la virtud o el modo aborrecible del testimonio.

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