Columnistas

Memoria de la emoción

Rosso logró inyectar su obra en la sociedad de esos tiempos, enajenada de anticomunismo y dictadura

La Razón / La que nos cante - Cergio Prudencio

00:00 / 11 de agosto de 2013

Cuando Carlos Rosso ingresó serenamente al podio para dirigir a la Orquesta Sinfónica Nacional después de 27 años, sentí una singular emoción. Vino a mí de golpe un caudal de memoria de cuando el Maestro forjaba principios, valores y rigores en los 11 discípulos que encarriló hacia la vida desde la Universidad Católica en los ya remotos años 70 del siglo pasado.

En la atronadora llamada de trompetas de inicio a la cuarta sinfonía de Tchaikowsky se me confundieron de pronto las imágenes del joven director llegado de Polonia para desafiar el adormecido orden de la música culta boliviana, con las del venerable músico que acaba de dar la entrada en fogoso temperamento.

Ahora, como entonces, esas manos diseminan intensa energía por toda la sala, arrancada a la orquesta con y sin su consentimiento. Y la audiencia, los que entienden y los que no, reconocen que algo pasa en este momento; algo intangible e ineludible en volviendo a todos.

El misterio que se erige —a veces sí, a veces no— desde los sonidos dispuestos en una partitura, se hizo en ese momento evidencia con aire de revelación. Lo abstracto del inefable lenguaje tocó el espíritu, como una anunciación insoslayable.

Tantas veces hablé con el Maestro de la magia y la iniciación, del talento y el don, de lo inexplicable, del planeta música y sus habitantes en extinción... Todas las pláticas de todos los tiempos están ahora resonando en esta sinfonía rusa, de la que dijimos que no era la mejor de su autor, que le sobraba el último movimiento (yo, más radical, que le sobraban tres...), que tanto dramatismo, que estaba muy bien orquestada, que era un placer sensual dirigirla, que no había mejor versión que la de no sé quién, que el solo de fagot era tramposo... En fin.

Y todas las pláticas resonaron también esa noche en la interpretación del Concertino semplice per flauto e orchestra da camera de Alberto Villalpando, fundida ahí oníricamente con la de su estreno (también bajo su dirección) hace casi cuatro décadas.

Carlos Rosso me reveló a Villalpando, recuerdo. Y además logró inyectar su obra en la sociedad de esos tiempos, enajenada de anticomunismo y dictadura, dándole el lugar del merecimiento y la trascendencia, y removiendo mentes. Nada menos. Villalpando es una piedra angular de nuestra Historia musical, pero fue su intérprete mayor quien la fundó.

Al medio de la platea la ovación de este 1 de agosto se me desglosa en multitud de ovaciones al Maestro: la del estreno de la Orquesta Sinfónica Juvenil, la de las exquisiteces con la Orquesta de Cámara, la de Madame Butterfly, la de El Mesías de Händel, la del ballet Giselle...; y deviene así en mí personal ovación para él, a quien debo —entre muchas cosas— el compromiso con este país nuestro. ¡Bravo, Maestro!

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