Columnistas

Memoria hereditaria

Los monumentos son inscritos del pasado que debieran ser preservados para las nuevas generaciones

La Razón / Patricia Vargas

01:22 / 27 de junio de 2013

La mayoría de las ciudades cuenta con monumentos representativos de los hechos que honran su historia, los cuales se han convertido con el tiempo en patrimonio de sus naciones. Aquéllos abarcan algunas edificaciones y un sinfín de esculturas. La Paz no es la excepción. Cabe aclarar, sin embargo, que este artículo no pretende realizar una catalogación y menos comentar las características y particularidades de cada una de esas obras, ya que hace pocas semanas La Razón abordó este tema. Nuestro interés está centrado en reflexionar sobre el espacio público en el que se asientan, la función que cumplen y si la población recuerda el porqué de su presencia en esos lugares.

En La Paz existen ciertos monumentos de destacada belleza que hoy forman parte indiscutible de la memoria hereditaria de esta ciudad y del país. Con el tiempo, esas obras han logrado convertir a los espacios públicos que los cobijan en lugares representativos del pasado colectivo, dotándoles de valores socioculturales. Esto apoyado por el dominio o carga simbólica que llevan intrínsecos.

Nos referimos a aquellas plazas cuyos monumentos las han calificado como sitios de gran significación urbana, no sólo porque han colaborado en la construcción de importantes huellas sociales y políticas en el tiempo, sino porque se han convertido en verdaderos hitos dentro del entramado urbano (plaza Murillo, Abaroa, entre otras).

Sin duda existen otras tantas más que cobijan importantes esculturas, pero los espacios públicos en los que se encuentran no han logrado, aparentemente, conservar el otrora sentido de sociabilidad y menos mantener la concurrencia y disfrute de la ciudadanía con los que un día fueron beneficiados. Empero, aun así las plazas poco visitadas cumplen otro tipo de funciones destacadas. Dentro de éstas se halla el realce de la imagen estética de la ciudad. Todo ello ayuda a reafirmar que el espacio público vital es un producto social, un escenario que se construye a sí mismo, porque está abierto a situaciones y encuentros. Por tanto, es el lugar privilegiado de expresiones de toda la sociedad.

Lo contradictorio es comprobar que ciertas obras escultóricas (sin diferenciación de representaciones) sufren en la actualidad un deterioro notable, abandono preocupante y hasta indiferencia y olvido. Esos monumentos, aun con la imponente presencia de sus dimensiones, se han convertido con los años en casi invisibles a ciertas miradas. Asimismo, el vandalismo y pintarrajeado han hecho su parte en este tipo de agresiones. Esto debiera motivar a planificar formas de educación ciudadana rememorativa, centrada en los valores y la representación cultural de cada una de esas obras.

En definitiva, los monumentos escultóricos que se encuentran en las plazas, independientemente de la memoria hereditaria que representan, son registros de los distintos constructos de la nación y de la ciudad de La Paz. Una especie de inscritos del pasado, que debieran ser preservados para las nuevas generaciones.

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