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Memoria

Me puse a escribir sobre este tópico porque no dejo de pensar, tristemente, en Ricardo Piglia

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 14 de febrero de 2016

En el pasado preocupaba tener un tic, padecerlo era un estigma que denotaba nerviosismo y pánico escénico; deshacerse de él era una obligación moral y estética. Hoy en día nos interpelan las TIC: su uso y sus efectos, la disolución de fronteras entre lo público y lo privado cuando se trata de las redes sociales, ese no-lugar donde las gentes están enredadas. No me interesa indagar sobre esa faceta que provoca la paradoja convivencia entre intersubjetividad y seudoautismo. El autismo (sin seudo) llamó mi atención al leer Lo que no te mata te hace más fuerte, la cuarta novela de la saga de Lisbeth Salander, la chica con el dragón tatuado y experta en manejo de internet y tucuimas. Aunque el título de la novela es trillado y debió provocar una rabieta en Nietzsche, su argumento gira —es un decir— en torno a la memoria, a la capacidad de almacenamiento de información y la velocidad de su procesamiento para tomar decisiones. Y frente a ello, la búsqueda de creación de inteligencia artificial que implicaría, supongo, una memoria fabricada con la introducción de datos y no por la acumulación selectiva de episodios y hechos que configuran las creencias, contracara de las ideas.

¿Cómo, entonces, funciona la mente de los autistas? Quién sabe, pero en esa novela describen un perfil de autista: savant, portador de habilidades cognitivas excepcionales en determinados dominios de la mente. Y para ayudar al lector se toma como referencia al personaje que interpreta Dustin Hoffman en Rain Man, una buena película que muestra la genialidad de los “tarados” de antaño. Así, los savant —uno de cada diez autistas— son niños que pueden decir el día de la semana que corresponde a una determinada fecha del pasado, así sean “40.000 años en los casos más extremos”. O pueden recordar con exactitud los números de la guía telefónica, los horarios del transporte, o bien calcular la hora sin necesidad de reloj; otros tienen una capacidad similar para contar en detalle y con precisión temporal lo que hicieron durante su existencia. Otros casos son más asombrosos: hacen recordar a Funes, el memorioso, famoso cuento de Jorge Luis Borges. Algún autista leyó 12.000 libros y los memorizó al extremo de responder cualquier pregunta sobre su contenido.

No obstante, no dice nada sobre un mal que aqueja a estas personas y que lo leí en un estupendo reportaje publicado en la revista Anfibia de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) de Argentina; un reportaje que cuenta una investigación acerca del comportamiento de los cangrejos y la influencia del registro de experiencias en su accionar. En esa indagación sobre la memoria se relata el caso de una mujer que recordaba todo, absolutamente todo, pero lo hacía en cada momento de su existencia y ante cada situación: su vida era insoportable.

Entonces, oscilar entre la memoria y el olvido es un juego desafiante. Me puse a escribir sobre este tópico porque no dejo de pensar —tristemente— en Ricardo Piglia, quien padece esclerosis lateral amiotrófica, una rara enfermedad que paraliza el cuerpo pero no el cerebro, y que sufre la desidia de la empresa aseguradora que se niega a proveer sus medicamentos. Hay una campaña de apoyo a Piglia en la web Change.org. Otra manera de acompañarlo es ojear su novela La ciudad ausente. Ausente pero con historia, con memoria: una ficción distópica, dicen.

Es sociólogo.

Blog: pioresnada.wordpress. com; Twitter: ferXma-yorga

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