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Las cifras de la economía en Bolivia se manejan a gusto y antojo de los gobernantes

La Razón / Óscar Díaz

00:55 / 04 de febrero de 2013

El desayuno noticioso más suculento del nuevo año llegó en tándem, con el soporífero discurso de Evo Morales y los elocuentes resultados del Censo; pero no hubo tiempo para saborearlo. Fue arrasado por sajra hora, almuerzo, merienda y cena, todo en uno, cuando la ola informativa del mar para Bolivia se comió de un solo bocado la cumbre Calac-UE.

Vamos por partes. Luego de oír su mensaje de cierre de gestión, queda confirmado que el Presidente no sólo atenta contra la infinita paciencia de los bolivianos sino que conspira contra sí mismo. No es siquiera aceptable considerar la validez de su alborotado despliegue de números que, todos lo sabemos, no responden a la cotidianidad de la gente de casa, mercado, oficina, institución pública o privada. La bonanza macroeconómica del país se constituye en un insulto a la precariedad de millones de personas que viven a duras penas y que sólo Dios sabe cómo enviarán a sus hijos hoy a la escuela.

Para comenzar, es vox populi que las cifras de la economía en Bolivia se manejan a gusto y antojo de los gobernantes, sin imparcialidad alguna. Ni el mago con mejor varita podría robarles la confesión de que la holgura monetizada en el Banco Central responde a un contexto internacional favorable para los países tenedores de materias primas y no a una administración política en particular.

A otra cosa (aunque dentro del mismo atracón informativo). El Censo ha posicionado a Potosí y Chuquisaca en los últimos lugares de crecimiento demográfico: la gente huye de la pobreza y nada indica que los vientos de cambio político vayan a alterar el curso de la historia económica de las regiones más angustiadas. Hábilmente fue desviada la trayectoria del río y los bolivianos se perdieron de conocer y analizar las verdaderas causas de esta realidad; por ejemplo, el escaso acompañamiento público a los esfuerzos privados en rubros tales como el del promisorio turismo.

Agobiados por las condiciones inadecuadas para hacer empresa, son cada vez menos los que apuestan por el país. La palmaria escasez de oportunidades de empleo en Sucre y Potosí —donde el censo comprueba que se agudiza el panorama general— exige a gritos acciones urgentes que apunten a atraer capitales y no a ahuyentarlos, como hace con porfía el Gobierno. Es una irresponsabilidad seguir expropiando sin debidos resarcimientos, lo mismo que depositar la confianza del desarrollo económico exclusivamente en el desempeño burocrático de las empresas estatales.

El problema de la migración, de la fuga de cerebros, de la expulsión de mano de obra no se resolverá mientras el Gobierno continúe incumpliendo la Constitución y las leyes, mientras no demuestre a la comunidad nacional e internacional que en Bolivia los emprendedores gozan de una indubitable seguridad jurídica. El país no proyecta una buena imagen cuando las autoridades despilfarran su legitimidad democrática estrangulando empresas que han cometido el delito de pertenecer a opositores políticos.

¿Satisfecho? Falta el mar. El Presidente ofreció a los chilenos un gas que está escaseando. Es el mismo presidente que un día saluda con fraternidad a su homólogo trasandino y al siguiente le arroja una piedra. El parvo Piñera hace igual, paradójicamente, con altura.

Bolivia acierta, y es coherente, cada vez que instala esta discusión en los foros internacionales. Enorgullecen las defensas de la causa con firmeza y sin chovinismos. Ofrecer ingenuamente “gas después de mar”, en una especie de gesto compensatorio, no sirve. La diplomacia, sobre todo la desdeñosa chilena, requiere de mejores ideas.

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