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Mercados

La población ha decidido abandonar a algunos mercados  porque han dejado de pertenecerles

La Razón / Patricia Vargas

00:54 / 14 de junio de 2012

El Ágora, considerado el espacio público de la ciudad griega, fue en su inicio el mercado que, por la venta de productos, consiguió la unión en comunidad de la ciudadanía. Su excelente ubicación (seleccionada para obtener un fácil acceso de los alimentos que procedían del mar) logró convertir a ese lugar en el centro en el que se desarrollaban las plenarias o asambleas políticas en plena soberanía.

En cambio, en la ciudad medieval, el mercado se instaló al medio de callejuelas, para luego ubicarse en el patio central de algunas edificaciones. Posteriormente aparecieron las plazas mercado, que en algunos ejemplos hasta la fecha no han cambiado de destino. Sin embargo, sus nuevas funciones están referidas a manifestaciones culturales, por ejemplo en Luxemburgo (Echternach).

En La Paz, el mercado se asentó, en sus inicios, en la plaza, lugar donde se vendían productos agropecuarios expuestos en el suelo. Y si bien el origen de la funcionalidad de los espacios públicos en esta urbe estuvo relacionado entre sí, aparecieron en 1780 los catos indígenas;  por ejemplo el Lagua-Cato (mercado de leña), que se instaló en Santa Bárbara; el Chaulla-Cato (mercado de peces), ubicado en la actual calle Junín; y el Hicho-Cato (mercado de paja), cerca de la plaza principal. Éstos se transformaron luego en recovas, en las que el colorido y la gran animación eran la nueva característica. Allí, independientemente del producto alimenticio, se vendía de todo. Desde las bayetas de Castilla hasta los techtis (chicha de maní), además de otros atractivos como los tejidos indígenas, según describe la historia.

Posteriormente, el mercado se instaló dentro de una infraestructura propia, consolidándose como parte del equipamiento y las necesidades barriales. Algunos de ellos siguen funcionando como tales, concentrando en su interior a las vendedoras que exponen sus alimentos en puestos bien dimensionados. Allí la fruta —colocada en distintos niveles— invita al comprador (por su colorido y frescura) a su rápida adquisición. El mercado modelo Miraflores, cuya edificación es bastante hermética, mantuvo su función hasta hace poco tiempo, con excepciones que recién se observan en la calle.

Otro es el caso del mercado de Achumani, que si bien en su exterior es más exitoso por las pequeñas tiendas que se ubican en su frontis, ha logrado no sólo valorizar su entorno construido, sino tener un atractivo particular gracias al movimiento económico que se genera en ese sitio. Esto se evidencia por la instalación de distintas sucursales bancarias.

Pero no se debe olvidar que también existen ejemplos de lo contrario; es decir, que su debilitamiento es notorio. Según escritos, uno de ellos es el Mercado Negro, ubicado en la calle Graneros, que luego de cinco décadas muestra un abandono real, hecho que debiera motivar a su reconversión en vía pública transitable. De igual manera, otros ejemplos similares en esta urbe deberían ser reutilizados o fortalecidos para que cumplan su verdadera función.

En todas las ciudades, el mercado es un territorio expresivo de su sociedad y su vitalidad es indiscutible. Empero, hoy en día la población (en algunos casos) ha decidido abandonarlos y ello sucede porque han dejado de pertenecerles.

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