Columnistas

México 43

Hoy se han disipado las fronteras y la Policía municipal actúa en consonancia con los sicarios

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:01 / 23 de noviembre de 2014

Leyendo Cero Cero Cero de Roberto Saviano, un estupendo reportaje sobre “Cómo gobierna la cocaína en el mundo”, el lector descubre que la violencia asociada al tráfico de drogas adquirió nuevos ribetes desde que los cárteles mexicanos desplazaron a (o negociaron con) los cárteles colombianos para controlar la frontera con Estados Unidos. Sus relatos sobre los Zetas y los kaibiles, con su fanatismo bélico; la descripción sobre la Familia Michoacana y los Caballeros Templarios, con su parafernalia decimonónicas o medieval; o el perfil del Mata Amigos y del Chapo Guzmán, con su frialdad gerencial, muestran la racionalidad del negocio de la droga: hay que matar para ingresar, competir y vencer en el mercado. Sin embargo, a diferencia de la mafia italiana, los narcotraficantes mexicanos transgredieron las reglas, porque actuaron sin reglas, aquellas que los capos sicilianos establecieron como códigos de honor, porque sus normas eran un compendio de catolicismo pre Concilio Vaticano aderezado con educación cívica al estilo de don Alipio Valencia Vega. 

La guerra “narcotraficida” fue incentivada también por las acciones militares del Estado mexicano contra los cárteles durante el sexenio anterior. Y la guerra se extendió y continuaron las transgresiones a las reglas implícitas, como aquella de que no se debe sobrepasar el límite tolerable de corrupción que acompaña el funcionamiento de la maquinaria estatal. O aquella que advierte que no es pertinente sustituir al poder político o disputar ese espacio a las élites partidistas locales. Una hija/hermana (de) narcotraficante se casó con un alcalde y aspiraba a ser autoridad municipal. Son culpables de varios crímenes y están acusados de ser los autores intelectuales del secuestro de los 43 normalistas. Con la actuación del alcalde se produjo otra transgresión a una regla informal del manejo del poder, aquella norma que obligaba a ocultar en los sótanos del poder político (ese “ogro filantrópico” que retrató Octavio Paz para caracterizar el Estado mexicano durante la hegemonía del PRI) las atrocidades del régimen, la represión selectiva, la “guerra sucia” contra la subversión, contra la oposición.

En la La Guerra de Galio, estupenda novela de Héctor Aguilar Camín que retrata la sociedad y la política mexicana de los años 60, el personaje central se impone una cruzada civilizatoria contra la barbarie y dice: “México ha de pagar su cuota de violencia para domar su propia barbarie y abrirse a una posibilidad efectiva de civilización, de historia realizada. Es la guerra de la historia del mundo. Nuestra guerra. La lección de Julio César es sencilla: derrotó a la Galia sin destruirla. Nosotros debemos derrotar nuestro pasado y nuestro pasado bárbaro sin destruirlo...

Solo hay un instrumento capaz de la tarea civilizatoria que necesitamos, capaz de terminar nuestra propia guerra contra la barbarie de nuestro pasado: nuestro pasado colonial, premoderno, más vivo entre más negado, más oprimente entre más responsable de la gestación infeliz de México. Ese instrumento es lo que llamamos imperfectamente el Estado”.

Ese instrumento —el Estado— puso límites al crimen organizado, aún a costa de convivir con él, para domarlo durante varias décadas. Hoy se han disipado las fronteras y la Policía municipal actúa en consonancia con los sicarios, y sus jefes son autoridades y las autoridades son jefes. Esa mutación en la conducta de los políticos y de los criminales explica lo acontecido con los 43 normalistas y la indignación ante la lentitud e ineficacia de las investigaciones de la Policía Judicial y ante la pereza o complicidad del Estado. Por eso interpela el letrero que enarbola ese muchacho en la marcha que recorre el Distrito Federal como una serpiente: Quetzalcoatl. Ese muchacho escribió: “No quiero ser el 44”. México nos duele.

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