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Micromachismos

A las grandes revoluciones hay que acompañarlas de microluchas para hacer frente al ‘micromachismo’

La Razón Digital / Gloria Lomana

00:15 / 13 de marzo de 2018

La revolución de las mujeres ha venido para quedarse, ni un paso atrás, y en 2017 se han dado zancadas con la campaña de denuncias contra los abusos sexuales. El movimiento se recordará como uno de los grandes hitos en este laborioso camino de conquistas por el respeto y la equidad entre sexos, como hicieron historia las sufragistas en Estados Unidos y Gran Bretaña, la igualdad salarial en Suecia, “el segundo sexo” de Beauvoir, la segunda ola de Kate Millett o la tercera de Rebecca Walker. En 2017, las mujeres se conectaron con un solo grito, “Me too” (Yo también), para denunciar lo que hasta entonces habían sido silentes acosos sexuales (no confundir con consentidos). Las denuncias saltaron de la pancarta callejera al altavoz de los escenarios, y prendieron como una chispa sobre un reguero de pólvora, rápida y luminosa. Por fin se hizo real el ansiado “stop al silencio” y la liberación de fantasmagóricas culpas. A partir de ahora ya nada será igual porque el acoso ha dejado de ser un marchamo social para ellos. Se acabaron los acosadores tabernarios a voces.

Por el camino de esta cruenta lucha se van quedando víctimas anónimas de violencia machista por osar decirles a los pretendidos patriarcas “basta”. Esto nos obliga seguir en pie, sin olvidar que la vida cotidiana sigue cubierta de estereotipos y actos “micromachistas”. ¿Micro, si son machistas? No será que la nueva expresión pretende definir con benevolencia la cotidianidad del trato a las mujeres como seres subsidiarios, talladas desde niñas como figuritas de porcelana para el disfrute de los hombres.

Para entenderlo bien pongámonos las gafas de ver de una “niña normal y corriente”. ¿Qué ha visto en un “día normal y corriente”, por ejemplo en  Navidad? Veamos. La publicidad le habrá bombardeado o bien con muñecas lloronas y meonas necesitadas de cuidados, o con esbeltas barbies ataviadas con refulgentes trajes y rubias melenas para peinar; junto a carritos bebé, escobas o cocinas. Para la hermana mayor habrá reparado en la oferta de perfumes capaces de extasiar a los hombres; y para mamá, mágicos detergentes, con portentoso poder de reluz y blancura. En las películas, se habrá topado con vigorosos héroes. En las noticias, habrá normalizado a presentadoras embutidas en sugerentes vestidos, presentadores que conducen la política, hombres que prescriben sobre ciencia o economía, icónicos futbolistas y relatos donde la mujer es protagonista porque ha sido asesinada por su pareja o por un depredador sexual. En los programas festivos habrá observado que las chicas lucen más carne que ropa, y que de esta guisa son capaces de entonar las campanadas engullendo las uvas a 0 grados.

Lo normal es que papá se haya ofrecido a “ayudar” a mamá poniendo alguna que otra mesa. Por el salón habrán circulado magazines que proponían a las reinas de la casa soluciones exprés de rejuvenecimiento, cremas anticelulíticas, melenas de seda, moda encajada como guantes en lánguidas jovencitas, reportajes de maduras pasadas por el Photoshop, recetas de cocina y trucos para reforzar las armas de mujer. En el restaurante le ofrecerían la carta de vinos a papá y, por supuesto, la cuenta. Ahí la hermana mayor fue la señorita y mamá la señora, ante la certidumbre de que mamá posee marido y prole y que la crema facial efecto flash no hizo milagros. Por el centro comercial habrá visto a alguna chica en semicueros ofreciendo globos, en la joyería a muchachas guapas con el imperativo laboral de llevar los labios pintados de rojo, y en la sección droguería a vendedoras mayores con los labios a su aire.

En Navidad, la niña promedio ha respirado rosa intenso, como el chicle igualmente pegajoso, por muy revolucionaria que pueda ser mamá y ella sea quien le escoja las lecturas. El colegio, los amigos y la televisión ya se encargan de dividirle el mundo en dos bloques diferentemente coloreados. En cuanto crezca, percibirá que la industria del consumo le cobrará una tasa rosa en los productos que se suponen son para ellas, y el mundo laboral la colocará bajo una lupa y le negará el mismo salario que a ellos. Por eso bien está que conozca por qué en el 8 de marzo hubo que seguir conmemorando el Día Internacional de la Mujer. Y que a las grandes revoluciones como la de 2017 hay que acompañarlas de microluchas para hacer frente al eufemístico micromachismo, un virus que está por todas partes.

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