Columnistas

Miércoles de ceniza

No solo los humanos somos mortales. También lo son las naciones y las civilizaciones

La Razón (Edición Impresa) / Lluís Bassets

00:04 / 21 de septiembre de 2014

No solo los humanos somos mortales. También lo son las naciones y las civilizaciones, tal como recordó Paul Valéry justo al terminar la contienda europea de hace 100 años. Todos lo sabemos aunque simulemos que no nos damos por enterados. Vivir es olvidar que estamos abocados a desaparecer. Y eso vale para los humanos como para las instituciones y las colectividades del tipo que sea, naciones y Estados incluidos.

El referéndum del jueves en Escocia fue un miércoles de ceniza de las naciones. Hagamos penitencia porque podemos perecer. Las fronteras cambian y las naciones aparecen y desaparecen como por arte de ensalmo.

La primera experiencia de mortalidad que tenemos las actuales generaciones fue el hundimiento del comunismo a partir de 1989, cuando cambiaron las fronteras de Europa, luego desaparecieron la URSS y Yugoeslavia, y surgieron puñados de naciones nuevas, algunas directamente de la nada como Macedonia y Kosovo.

Ahora experimentamos una nueva oleada, que llega al corazón europeo y toca grandes naciones históricas surgidas de la Europa medieval. No son estructuras artificiosas ni imperios en disgregación, sino naciones hechas y derechas, que han atravesado siglos de guerras y de turbulencias sin apenas modificar sus fronteras.

La moneda está hoy en el aire, pero ya no importa del lado que vaya a caer.  El referéndum del jueves obligará al Reino Unido a evolucionar hacia una estructura federal. La idea misma de la independencia, sea efectiva o quede meramente en el mundo de las ideas potenciales, ha tomado cuerpo y se ha hecho real en las cabezas de millones de ciudadanos. Si ahora no toma velocidad, porque sus partidarios no son todavía mayoría, lo hará en otro momento, cuando regrese la insatisfacción.

No hace falta comentar los efectos que una victoria del sí hubiese tenido en Cataluña ni el impulso que ha adquirido el derecho a decidir, incluso entre quienes desean rechazar la separación con una votación como la de Escocia. Convocar a los ciudadanos de un territorio para que decidan sobre el futuro de sus relaciones con un conjunto mayor ya no es únicamente una cuestión limitada a los territorios coloniales, sino que se puede producir en pleno Occidente democrático y civilizado.

Una vez demostrada su posibilidad, ideas como ésta se expanden a velocidad vírica. Así es como una vieja y fatigante quimera se convierte de pronto en un objeto real y consistente, deseado o rechazado, tanto da, por millones de europeos, pertenecientes a naciones pequeñas o grandes, independientes o subordinadas.

Todas las naciones son mortales, como los sueños. Europa, cuando quiso ser fuerte, soñaba en su unidad y ahora, cuando se retrae y pierde pie, sueña en sus viejas y nuevas naciones. Son mortales todas, aunque unas vivan la ilusión de la vida soñada y otras la angustia del sueño de perdurabilidad que se desvanece. Polvo eres y en polvo te convertirás. Este es el mensaje del miércoles de ceniza de las naciones que nos llegó el jueves desde Escocia. Y, además, la vida sigue.

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