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Miniaturas

La feria de Alasita debiera ser aprovechada para incentivar el talento del trabajo manual.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

02:15 / 16 de marzo de 2017

Si bien ya finalizó la feria de las illas, escribimos al respecto porque es un evento que pertenece indiscutiblemente a la ciudad de La Paz y porque su realidad se enmarca, cada vez más, en la copia y en la pérdida de creatividad.

La historia de la Alasita presenta contradicciones en distintos escritos sobre su origen andino o influencia colonial (Ramiro Prudencio). A pesar de ello, esta fiesta citadina tiene una fuerte presencia anual en La Paz, extrayendo esperanzas a partir de algún nuevo detalle o novedad del año, que sin embargo no resulta suficiente para ese tipo de suceso.

La miniatura nace en la época bizantina con el arte figurativo medieval, el cual incorpora la historia del catolicismo en los libros de rezo (reyes), revalorizados a través de luminosas imágenes pintadas que se acercan a lo divino. Asimismo, esos diminutos libros (6 cm de dimensión) cuentan con bellos dibujos en el cierre de cada capítulo. Otro arte en miniatura que no se puede dejar de mencionar es el vitral (siglo XIII y XIV), cuyas infinitas imágenes religiosas aún embellecen las grandes catedrales europeas, como por ejemplo la de Notre Dame, en París.

En cambio, el juguete en miniatura supuestamente apareció en la India (Mohenjo Daro) a principios del milenio VI antes de Cristo, trabajado en barro aparejo; algunos de ellos, de mucha belleza y detalle, se conservan en museos. Así, las miniaturas elaboradas por artesanos y artistas son consideradas hoy reliquias de arte. Tanto es así que en 2011 el Museo del Prado presentó por primera vez una exposición de sus obras de arte en miniatura (retratos), entre las que se encuentran las pinturas de Goya.

En La Paz, la fiesta de las illas, cuyas miniaturas se inspiran en el quehacer cotidiano, ha logrado subsistir en el tiempo y aún en el siglo XXI hace “vivir la ciudad”. Y siendo lo más destacable el hecho de que mueve a la población en busca de un mundo de esperanza, se hace necesaria su proyección al futuro, pero reforzando su significado cultural.

Lo lamentable es que si bien cada año la Alasita se instala en el Parque Urbano Central, su organización no es del todo encomiable. Allí sobresale el desorden y la suciedad, y lo peor es que los toldos o puestos de venta se arman con plásticos azules y calaminas viejas, iguales a las de cualquier mercado callejero en La Paz. Esta imagen agrede a la ciudad durante casi dos meses, lo que debiera motivar un cambio basado en el concepto de “galerías al aire libre”. Para ello se podría regular el tránsito del visitante a partir de áreas diferenciadas y proyectar nuevas casetas de exposición que cuenten con algo de atractivo y seguridad contra la lluvia.

Toda vez que las illas expresan la habilidad manual innata del habitante paceño, la Alasita debiera olvidar definitivamente los modelos Disney, Transformers, Simpson y otros como elementos de inspiración que presenta cada año como aporte, y recuperar el matiz delicado de la miniatura de ayer. De este modo, la experiencia de la interesante y extraña atmósfera que produce la Alasita (un tanto de rito y de celebración del pueblo), reafirmaría el significado de su identidad y convertiría al Parque Urbano Central en un lugar privilegiado vestido de miniaturas, artesanía y colorido.

Un camino abierto para replantearse y preguntarse: ¿acaso la feria de las ilusiones no debiera ser aprovechada para motivar e incentivar el talento del trabajo manual, para que se plasme en la creación de “obras de arte en miniatura”? Sobra decir que dichas singularidades ampliarían el mundo artístico de La Paz.

 

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