Columnistas

Miranda en Francia

La revolución usurpada por el terror fue ingrata con Miranda, quien defendió la causa de Francia.

La Razón (Edición Impresa) / José Félix Díaz Bermúdez

22:23 / 05 de julio de 2016

Cuando en 1792 Jacques Brissot, presidente del Comité de Defensa General francés, escribe a Dumouriez sobre los logros militares del Ejército galo, exalta la confrontación entre “la libertad y la tiranía” y destaca la necesidad de extender aquella en beneficio de todos los pueblos.

Esa concepción del sentido universal de la revolución francesa correspondía a las propuestas de Francisco de Miranda a distintos ministros, representantes, políticos, militares y pensadores a favor de la independencia de la América Española. Solidario con tales planteamientos, Brissot expresó que: “La España se muere por la libertad (...) Es necesario hacer esta revolución en la España europea y en la España americana”, luego agrega: “La suerte de esta revolución depende de un hombre, ustedes lo conocen, ustedes lo estiman, ustedes lo aman: es Miranda”.

El convencionista lo propuso como gobernador general de Santo Domingo en sustitución de Esparbès para impulsar la emancipación: “sea a las islas españolas, sea en el continente americano”, contando para ello con 12.000 hombres del Ejército de línea que podía elevarse hasta 15.000 con los mulatos del lugar. La posible pero no concretada designación de Miranda resultaba oportuna, considerando “sus talentos, su coraje, su genio”, capaz de “provocar el terror en España y confundir a Pitt con su política dilatoria” de la cual fue víctima en espera del apoyo inglés. Las cualidades de Miranda fueron reconocidas por numerosos personajes. Jean Nicolas Pache, ministro de Guerra, lo calificó como “uno de los defensores” de la República, resaltando su “probidad reconocida” en medio de las dificultades de la guerra y de la política.

Cuando la desgracia persiguió a Miranda en Francia, y Gossuin, Danton, Treilhard, Merlin Delacroix y Robert firmaron su arresto bajo la infundada sospecha de traición y complicidad con Dumouriez, su defensor, el abogado Chauveau-Lagarde, resaltó sus “grandes virtudes republicanas”, su culto por la ciencia, filosofía, las artes, su “desprecio a los rangos, los honores y la fortuna (...) su odio a la opresión y al despotismo”. Igualmente destacaba sus entrañables afectos: “La gloria de la libertad, su ídolo”, así como “la felicidad de los pueblos”. Finalmente advertía: “La calma, la dignidad, la energía” con que el mismo respondió a sus acusadores demostrando constantemente la “grandeza de su alma” ante la adversidad.

La revolución usurpada por el terror fue ingrata con Miranda, quien con valor y lealtad defendió la causa de Francia: Mortome, Briknay, Valmy, Vargemoulin, Amberes, Maseik, Ruremonde, Maestricht, Nerwinden hablan de su constancia y heroísmo. El pueblo y la historia de Francia escribieron su nombre en el Arco de Triunfo de París.

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