Columnistas

Miranda, universal

Difícilmente puede conseguirse en la historia del mundo un hombre de tales dimensiones

La Razón (Edición Impresa) / José Félix Díaz Bermúdez / La Paz

23:14 / 10 de mayo de 2016

La vida de Francisco de Miranda, precursor de la independencia de la América Española, es una de las más extraordinarias de su tiempo. Difícilmente puede conseguirse en la historia del mundo un hombre de tales dimensiones que participó en todas las revoluciones trascendentes: la norteamericana, la francesa y la de Venezuela, que en muchos sentidos fue la del subcontinente.

Sus contemporáneos, desde Washington hasta Napoleón, apreciaron en él una figura singular que ideó como ningún otro nuestro futuro independiente y llamó a este territorio “Colombia”, como acto de reconocimiento e identificación de aquellos “americanos españoles” que forjados en el barro de la tierra americana integraron los siglos y unificaron las civilizaciones.

Miranda luchó en Pensacola y fue reconocido por los fundadores de la Patria del Norte, comenzando por Washington, a quien conoció el 8 de diciembre de 1783 (año en que nació Bolívar) y con quien “tuve el gusto de comer en su compañía todo el tiempo que estuvo en Filadelfia”.

¡Miranda…!, halagado por Rusia, admirado por su emperatriz (Catalina La Grande); ¡Miranda…!, el mariscal de Campo de la Revolución Francesa, el héroe de Valmy, víctima del régimen del terror y quien, al salir de la cárcel, fue llevado en hombros por el pueblo de París. ¡Miranda…!, a quien Bonaparte respetó, temió y comparó con un “Quijote” pero cuerdo; ¡Miranda…!, quien se estableció en Londres, donde formó varios planes liberadores, influyó a los futuros capitanes, desde San Martín hasta Bolívar, y soportó con dignidad las inconsecuencias de la política y los engaños de los hombres. ¡Miranda…!, el que se aventuró con el Leander, una modesta embarcación; vigilado, perseguido, descubierto finalmente antes de llegar a la costa Caribe, allá en Coro, para iniciar con las armas y las letras —llevaba una imprenta con él— la lucha por la libertad.

Observó con entusiasmo los acontecimientos de 1810, hechos que anticipó y propició, y celebró como ninguno: “que Quito, Charcas, Arequipa, Chuquisaca y tal vez Lima y Buenos Aires han ya formado por sí una administración popular e independiente…”.

Partió a Venezuela a impulsar el proceso emancipador; formó parte del Congreso de 1811; ejerció el mando militar cuando la República resultó amenazada; sostuvo a todo trance sus banderas, pero la adversidad, la ingratitud, el desorden de aquí: “Bochinche, bochinche…”, como dijo, cometió el insólito acto de entregarlo a sus enemigos. Murió en la prisión de La Carraca, España, el 14 de julio de 1816.

Enemigo de las falsas revoluciones y la anarquía expresó que: “La Libertad no es otra cosa que la justicia sabiamente administrada; y donde se cometen atroces crímenes impunemente, la verdadera libertad no puede tener asiento”.

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