Columnistas

Mirar a los hijos

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia

00:00 / 29 de noviembre de 2015

Cada fin de semana, por lo menos unas diez veces al año, uno de mis ejercicios es mirar las bellas edificaciones de principios del siglo XX que todavía resisten en la ciudad. Están cargadas de historias y sus propietarios —en la mayoría de los casos— las han perdido. Eran mineros exitosos, comerciantes o políticos inescrupulosos que acumulaban fortunas y  cuya manera de expresar su cambio de status era emprender edificaciones que provoquen la envidia o la admiración.

Sabemos que muy pocas fortunas son el fruto de un trabajo honrado, sino más bien que en este afán desmedido de la acumulación, la explotación, expoliación o manejos chicaneros de abogados de conductas vaporosas eran y son frecuentes hasta ahora, junto a policías y delincuentes, la técnica para enriquecerse rápidamente.

Algo, sin embargo, que me quita el sueño es que también tenía la costumbre de sentarme al lado de las cunas de mis hijos, cuando eran infantes, y contemplar su belleza. El último me parece un pequeño dios griego, con sus cachetes color rosa y una placidez en su sueño, como si lo apartara de los males del mundo que lo afectarán, tarde o temprano.

Me pregunto, entonces, qué valores les estoy trasmitiendo para que sean personas que estimulen una relación simétrica y honesta con los demás y la naturaleza, ¿porqué muchas personas que llegan a un cargo público terminan como delincuentes, destruyendo y farandulizando la ideología, la lucha política, las relaciones humanas convencionales? Todo se convierte en una enfermedad pandémica demoledora de los proyectos que de buena fe podemos levantar todos, con ideas fuerza tan simples como: Hemos venido al mundo para ser felices, porque sabemos que para gozarlo, en algún momento, nos tocará el dolor.

Cada fin de año, cuando los jóvenes se aprestan a vivir sus actos de promoción, con la mirada puesta en continuar su formación, vemos con estupor, las pugnas rupestres entre docentes por acaparar cargas horarias y las cuotas de los padres de familia, dejando de lado el interés académico; o cuando en el servicio premilitar, el sargento, coludido con el capitán, inventan la pérdida de un fusil u otros pretextos para conseguir dineros de los reclutas, a quienes les cobran hasta el último suspiro para obtener el documento militar. O los estudiantes de medicina, que estudian en la universidad pública y, sin ser profesionales aún, apoyan a sus futuros colegas que no quieren trabajar ocho horas en los seguros de salud, o los estudiantes de Derecho que hacen juicio a sus docentes y no entienden la deontología porque seguramente es profesor de la materia alguien como el exjuez Barrientos. O los padres de familia que fomentan la corrupción para que sus hijos ingresen a la Academia de Policías y una vez egresados, los envíen a la FELCC para que en un mes conduzcan un automotor de 70.000 dólares.

Estos ejemplos, que parecen pequeños, son los que erosionan la salud de una sociedad, porque pasan desapercibidos y no son penados. En el caso de nuestro Estado, paradójicamente, hemos avanzado en la erradicación de la desnutrición, pero nos faltan hospitales y todos, públicos y privados, están repletos de personas. Estamos enfermos no solo del cuerpo, sino también del espíritu. Los servicios públicos son inhumanos y el paciente es solamente un número, una vaca para matadero. Los colegios tiene buena infraestructura, pero sus recursos humanos son pésimos, ya no se trata de erigir fastuosas infraestructuras si los recursos humanos profesionales no tienen valores y compromiso de servicio. Son jaulas de oro con alacranes.

En todas partes existen excepciones, hay muy buenos profesionales, con un alto sentido de la vocación y de servicio, pero éstos son arrinconados por la mayoría mediocre. Me pregunto si nosotros, los padres y las madres, estamos construyendo nuevos valores para sanar en cuerpo y alma a la sociedad que enfrentarán nuestros hijos. Un estremecimiento recorre mi azotado cuerpo.

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