Columnistas

Mitos y esperanzas

La Razón / Patricia Vargas

00:17 / 27 de diciembre de 2012

Como ya se dijo anteriormente, la complejidad del fenómeno urbano y el estudio de herramientas para planificar las ciudades, ha tenido que admitir en los últimos años que las potencialidades de esos laberintos radican también en sus distintas vivencias diarias. Posiblemente no siempre bien atendidas; por tanto aún no totalmente descubiertas. Empero cabe recordar, que el mundo visible no es un mundo de formas puras, sino un mundo de disponibilidades y de invitaciones a la visión.

El fin de año hace cimbrar el planeta. La población se prepara para despedir la noche vieja y recibir al nuevo año. Al ser el universo infinitamente sugestivo, aquello va acompañado de costumbres, hábitos y supersticiones arraigadas, las cuales no dejan de estar cargadas de grandes deseos e ilusiones, sin olvidar a los temores. Así esas expresiones culturales,  interactúan en las ciudades y se convierten en verdaderos testigos de los mitos y esperanzas de los habitantes.  Mitos, porque esas ilusiones son una especie de sistema de comunicación y esencialmente de un mensaje significante de los anhelos de obtener un mejor presente inmediato.

En Norteamérica, la concentración de parte de la población en alguna avenida importante, hoy es ya una tradición del Año Nuevo. De igual manera, la botella de champagne y el abrazo después de las doce campanadas acaecido hasta entre extraños. En cambio en Europa, existe otra urbe que sus habitantes tienen el hábito de comprar importantes cantidades de fuegos artificiales que los hacen explotar en las puertas de sus casas a las doce de la noche. Esto en homenaje a la buena suerte, olvidando cualquier resultado de incremento del problema medioambiental, el cual es detectado sólo al día siguiente.

¿Y qué sucede en La Paz? Esa noche es sólo fiesta y mucho alcohol. Y ello se produce esencialmente dentro de las viviendas o en su caso, en instalaciones sociales cerradas. En cambio, el espacio público se muestra como en su origen. Un vacío urbano que está a la espera de algún transeúnte. Sin embargo, existen singularidades como por ejemplo el encendido de los fuegos artificiales que aparecen esencialmente en las laderas, que logran no sólo remarcar el contexto urbano, sino colaboran en enriquecer, cualificar  y enunciar —a través de esas luces, ruidos y sonidos— la llegada del nuevo año bien representado de “esperanzas”.

Así el carácter escenográfico de La Paz muestra que los bordes elevados de esta urbe —obtenidos por el perfil de los cerros—siempre proponen algo nuevo, como ese ejemplo, el cual debiera ser más explotado para homenajear el inicio de cada nuevo año.

Pero en contraste a todo aquello, es una noche que está mediada por los miedos. Esto por la cantidad desmedida de alcohol que se consume, lo cual logra disminuir la memoria de ciertos valores. Pero no falta la delincuencia que atemoriza y produce inseguridad, logrando que muchos sectores urbanos pierdan todo lazo de pertenencia y se conviertan en lugares peligrosos, que atemorizan y expulsan a cualquiera.

Cada fin de año viene acompañado de luces y sombras. Ello no evita que todo mito —que esté cargado de esperanzas— no sea una verdad indiscutible esa noche. Cabe recordar que la ciudad sólo tendrá sentido en la medida que los sueños se den cita en sus escenarios para nutrirla.

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