Columnistas

Modernidad

La modernidad está en una profunda crisis de aceptación que linda en la decepción y el desencanto

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:02 / 13 de mayo de 2014

Un reconocido personaje de la televisión declaró  que estaba encantado del ingreso de la modernidad a nuestra ciudad. Como las declaraciones de los protagonistas de la televisión pueden ser consideradas por la chinaca popular como palabra santa, me permito reiterar algunas puntualizaciones sobre el tema.

La modernidad, el paradigma del desarrollo civilizatorio del siglo XX preconizado por los países del centro hace décadas como la panacea universal, está, por decirlo suavemente, en una profunda crisis de aceptación que linda en la decepción y el desencanto universales. Ese modelo ideal de progreso solo persiste en algunas mentes trasnochadas del norte y, sobre todo, en la mayoría de los feudos africanos y de las repúblicas bananeras cuyas poblaciones no conocen de sus peligros y paradojas por la escasa educación que tienen.

Las críticas que vienen de los países de la periferia (desde la izquierda ilustrada al pachamamismo actual) y desde el centro europeo y anglosajón describen sus nefastas consecuencias; la mayor de ellas, el desastre ecológico que ha ocasionado al planeta. Estas reflexiones han desatado una serie de propuestas que deben ser analizadas e implementadas desde cada región. En una suerte de descolonización de esos paradigmas del desarrollismo lineal y depredador, se habla ahora de “múltiples modernidades” o de “desarrollo sustentable y sostenible”.

La adscripción irreflexiva a la modernidad de las ciudades tercermundistas y dependientes ha ocasionado múltiples problemas: concentración urbana irracional, desestructuración del espacio agrícola, depauperación y marginalidad, violencia y neurosis colectiva y un innumerable etcétera de males irresolubles. Todo un repertorio del “vivir re-mal”. Recordemos la brutal marginalidad de ciudades del sur como Calcuta o México DF que, como mencionaba un artículo de este medio, son “procesos de urbanización que devoran bosques y engullen cerros con cemento”. 

Lo he manifestado muchas veces y no me cansaré de repetirlo: amontonarnos en esta ciudad es una estupidez. Seguir insistiendo, en pleno siglo XXI en invertir cifras importantes para fomentar la concentración en una ciudad que tiene sus ríos como alcantarillas abiertas es un despropósito sin una justificación legítima. Tenemos tierra de sobra e innumerables riquezas como para redibujar el mapa urbano y de ocupación de suelos en todos los departamentos del país.

No he conocido momento histórico con tanta decisión política y recursos financieros como el presente. Es, creo, una oportunidad histórica única para cambiar la perniciosa dependencia ideológica de nuestro desarrollo urbano y reformular estructuralmente nuestro porvenir.

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