Columnistas

Modorra

La verborrea y los precios altos han enmascarado una realidad que nos golpeará más temprano que tarde.

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

00:00 / 26 de diciembre de 2014

Al finalizar el azaroso transitar  de 2014, encontramos un sector minero —históricamente pujante— adormilado y con las barbas en remojo, esperando que los buenos precios de los metales en el mercado internacional todavía se mantengan en márgenes que les permita prolongar la ilusión de crecimiento que acompañó al país en los últimos años.

Antes que evaluar la gestión, quiero transmitir la sensación de desasosiego y de gusto agridulce que deja la performance de la industria, estancada en discursos y anuncios grandilocuentes, pero con muy pocos resultados. La industria significó un valor exportable de algo más de $us 3.400 millones hasta octubre, según datos del INE (RES_2014_35), de los cuales casi $us 1.700 millones corresponden a la extracción de minerales y algo más de $us 1.700 millones al rubro que el INE llama Industria manufacturera, donde se agrupan (al margen de las exportaciones no tradicionales) la exportación de metálicos, joyería, amalgamas, desechos etc. En este enigmático grupo de exportaciones un solo ítem: oro metálico, tiene un valor de exportación de casi $us 1.200 millones y un aumento de valor de 339,85% respecto de la gestión precedente, en un entorno donde casi todos los otros ítems (plata metálica, joyería, antimonio metálico y en óxidos, etc.) tienen disminución en valor respecto de  2013 y por efecto de los precios en descenso. Por tanto, la industria significa en cifras redondas cerca de la cuarta parte del valor de las exportaciones totales del país ($us 11.113 millones hasta octubre) y el sector minero informal, que controla las exportaciones de oro metálico, la tercera parte de las exportaciones mineras y el 10% de las exportaciones totales del país. ¿Qué tal? Lo único que creció en la gestión fue la informalidad en el sector minero, pero todos contentos.

Los proyectos estatales (Mutún, Salar de Uyuni, Karachipampa, Corocoro) dan tumbos y/o no se concretan y todos contentos. La caída de precios de los metales ya no es una tendencia, sino una realidad,  y todos contentos. Total, la informalidad tapará las diferencias y las exportaciones seguirán creciendo en valor. La exploración y las inversiones en nuevos proyectos mineros brillan por su ausencia, los empresarios privados han salido del país, y si se quedaron, tienen un low profile tan marcado que da lo mismo, pero todos contentos. No sé si ése sea el país que queremos, donde las cifras adormilen y convenzan, y donde —como dicen en mi pueblo— la modorra cunda y al ritmo suave del transitar de los dólares en las cuentas fiscales, dejemos para las calendas griegas los verdaderos problemas de la industria, que no acaba de hacer pie en una planificación racional a mediano y largo plazo. No se trata de ser apocalípticos, pero hemos perdido casi una década donde la verborrea y los precios altos han enmascarado una realidad que nos golpeará la cara más temprano que tarde. Nuestro portafolio minero no crece, la reposición de reservas ha desaparecido del léxico empresarial y la improvisación campea en los pocos proyectos que se encaran para revertir esa situación.

Viviendo ya las fiestas de fin de año, es tiempo de reflexionar y dejar la modorra, es tiempo de empezar el duro trabajo (que llevará muchos años, pero es inaplazable) de revertir con el sacrificio de todos los actores productivos esta dura realidad. Ese debiera ser el augurio de todos para la industria minera en estas fiestas de fin de año. Felicidades.

 

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