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Mohoza: invención del monstruo

La construcción del ‘monstruo’ es un arma discursiva que busca socavar el rol político del indígena.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

04:08 / 11 de marzo de 2014

Michel Foucault, para explicar el paso del monstruo al anormal, dice que el loco criminal hace su aparición ante todo como monstruo. A finales del siglo XVIII apareció justamente el monstruo, pero no todavía como categoría psicológica, sino como categoría jurídica y fantasma político, como fantasma de la devoración y el del regicidio. El monstruo cumple la función simbólica no solo de constituirse en el chivo expiatorio donde descansa toda la estigmatización posible, sino también como un espectro hamletiano capaz de sembrar miedo. Esta necesidad de inventar al monstruo está presente en la historiografía y en la prensa boliviana en torno a la Guerra Federal en 1899 y particularmente en los acontecimientos trágicos en la zona altiplánica de Mohoza. Según la historiografía criolla/mestiza, los aymaras partidarios del líder indígena Zárate Willka, luego de cercar a los soldados liberales, habrían

cometido una matanza con ellos y con el párroco del lugar. Así, en torno a la matanza de Mohoza se teje una historia macabra que está asociada a un supuesto salvajismo de los aymaras con ribetes antropofágicos, quienes supuestamente después de eliminar a los soldados liberales, habrían bebido su sangre mezclada con chicha en sus cráneos en señal de victoria.

Más allá de la veracidad de este hecho, queda claro que este acontecimiento es decisivo para alimentar la imagen monstruosa/inhumana del aymara, lo que obedece a un tratamiento sensacionalista de la prensa —tanto conservadora como liberal— de aquella época para la construcción mitológica, o al menos para exagerar esta imagen bárbara con el propósito de mellar al indio y así menguar el potencial político e ideológico de los aymaras. Por ejemplo, el diario Soberanía, muestra representativa del papel de los periódicos de aquella época, para estigmatizar al aymara difunde una descripción sensacionalista de este hecho: “No es ridícula es de espantoso martirio, la actitud de esos jóvenes que al extinguirse en sus cerebros triturados la última chispa de pensamiento en su venas, la última gota de sangre bebida por los salvajes, encomiendan su alma a Dios, y su venganza a la patria” (sic).

Para referirse a este suceso, el entonces presidente liberal José Manuel Pando usó el argumento de la “guerra racial” que buscarían los aymaras. Este mismo argumento fue reproducido en el curso del proceso judicial en contra de Zárate Willka. Por lo visto, el acontecimiento de Mohoza reflejó descarnadamente la “invención del monstruo” que fue personificado por los aymaras en el desarrollo de la Guerra Federal y que la (propia) historiografía denominó como la “hecatombe de Mohoza”.

La construcción del monstruo se constituye, por lo tanto, en un arma discursiva para minimizar el agenciamiento político del indígena y reducirlo a un estado de salvajismo, algo muy común para desproveer al indígena/aymara de cualquier cualidad humana y más bien de inculcarle todas las bajezas humanas. En todo caso, esta visión devela una posición segregacionista que históricamente tiene la élite boliviana, y que se plasma, esta vez, a través del trabajo intelectual de aquellos pensadores “ilustrados” que escriben en las páginas de la prensa boliviana opinando y, sobre todo, juzgando negativamente la rebelión de los indios. Al igual que los sectores elitistas bolivianos, en los últimos tiempos esta idea de la dizque ferocidad irracional del aymara se ha reactualizado no solamente en determinados sectores de la prensa tanto boliviana, sino también de la prensa peruana, especialmente limeña.

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