Columnistas

Montenegro y el Pacífico

Incorporó  lo popular como protagonista de la historia Bolivia y de la guerra con Chile

La Razón (Edición Impresa) / Gustavo Rodríguez

00:02 / 30 de marzo de 2014

El significado actual de la guerra entre Bolivia y Chile, pieza fundamental de nuestra narrativa histórica, fue armándose en la segunda década del siglo XX, fundando una de las pocas interpelaciones comunes que une a bolivianos y bolivianas. Hasta entonces no formaba parte determinante del corpus doctrinal del Estado boliviano, aunque de modo aislado existieran personalidades que enarbolaran la doctrina reivindicacionista y una búsqueda de una salida soberana al Pacífico. La reinvención de la tradición supuso, por una parte, un relanzamiento de Eduardo Abaroa como héroe paradigmático equivalente a los gestores de la Independencia y por otra una relectura de los nocivos impactos económicos y sociales de la pérdida del litoral para Bolivia.

Una obra decisiva para este giro será Nacionalismo y coloniaje, de Carlos Montenegro, publicada 1943. Influyente ideólogo del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), la obra de éste, a la que se ha se denominado un manual de militancia nacionalista, sentó las bases para otra interpretación de la historia. Huyendo del social darwinismo imperante que culpabilizaba al mundo plebeyo e indígena de los males de la nación boliviana solamente por el color de su piel, contextualizó históricamente la guerra. Bajo el prisma del esquema nación/anti nación, del pueblo versus la antipatria rosquera, propio del discurso nacionalista revolucionario, valoró la actitud de las clases sociales que participaron en ella. En el nuevo lenguaje la reivindicación marítima formaría parte de las luchas anticoloniales. Son los “cholos, indios y blancos —la bolivianidad reanimada por la certeza del peligro que amaga su existencia— (que) ofrendan la vida en holocausto de la patria durante la guerra con Chile”. En lo popular, por tanto, se encierra la sustancia de la patria y de la necesaria reivindicación marítima. En consonancia, el presidente Hilarión Daza, chivo expiatorio de los males guerreros, no fue presentado como un “cholo iletrado” capaz de rifar el Litoral por celebrar un carnaval, sino como el representante de las élites extranjerizantes criollas y coludidas con del imperialismo extranjero; ambos, los verdaderos culpables de la derrota.

Montenegro, rompiendo esquemas historiográficos, incorporó lo popular como protagonista de la historia de Bolivia y de la guerra con Chile. Son estos “cholos, indios y blancos —la bolivianidad reanimada por la certeza del peligro que amaga su existencia— que ofrendan la vida en holocausto de la patria durante la guerra con Chile”. En ellos, por tanto, se encierra la sustancia de la bolivianidad y de la necesaria reivindicación marítima.

Montenegro incorporó también la dimensión geográfica como mutilación de la nación en el lenguaje marítimo. Recogiendo la lectura que hablaba del valor del dominio estatal del espacio material, que se produjo en el mundo intelectual concluida la guerra con el Paraguay, valorizará el significado del territorio en la conformación de la nación.

Afirmará que el atraso boliviano es generado por la inexistencia de una salida marítima, aquella que considerará la pérdida más grave y de carácter terminal para “el destino de Bolivia”. Las élites oligárquicas, en su razonamiento, perdieron la guerra con Chile porque carecían precisamente de conciencia del espacio geográfico y de la unidad nacional.

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