Columnistas

Monumentalizar las ciudades

Toda ciudad requiere de intervenciones urbanas que colaboren a redefinirla.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:29 / 02 de febrero de 2017

La transformación de ciertas ciudades en los últimos 25 años no solo las ha convertido en bellas ciudades y en las mejor equipadas, por ejemplo, de Europa, sino que algunas de sus obras de arquitectura y urbanismo han logrado monumentalizarlas y con ello proyectarlas al mundo, haciéndolas renacer como atractivo para ser visitadas.

El monumentalizar una ciudad requiere identificar ciertos lugares relevantes, pero que además estén subrayados por signos singulares. Allí los relatos citadinos colaboran a los proponentes a generar propuestas urbano-arquitectónicas capaces de expresar el sentido que conllevan esos lugares, empapados de significación. Única forma en que las territorialidades urbanas se conviertan en metafóricas porque pueden anteponerse hasta a la memoria dramática de las sociedades.

De esa manera, el respeto al significado de los lugares resulta importante para obtener respuestas exitosas que capturen la identidad que constituyen esos espacios urbanos.

En la historia de las ciudades desde siempre la arquitectura las ha monumentalizado. Un ejemplo es la Acrópolis en Grecia, que con sus tres obras notables, dentro de ellas el famoso Partenón, ha monumentalizado a Atenas. Asimismo, la “Roca Sagrada” (como antiguamente fue denominada) no solo convirtió al lugar en simbólico, sino que, por su ubicación central y la altura donde se asienta, releva el valor de la época de Pericles.

Otro ejemplo es el Reichstag de Berlín (1884), que además de haber sido incendiado en 1933 y haberse mantenido casi en ruinas durante décadas, fue reconstruido en 1964. Se debe recordar que ese escenario, pese a los actos de violencia de los que fue testigo, no perdió su significación, hasta el punto que inspiró a artistas como Christo y Jeanne-Claude (1980) a crear una impactante instalación que cubrió con tela toda esa enorme edificación.

Posteriormente, en 1992 y gracias a un concurso de arquitectura, el arquitecto Foster reestructuró el interior de ese edificio del Parlamento alemán respetando su forma original exterior e incorporando un eje central atractivo como es la cúpula de vidrio. Y es justamente aquello lo que hoy atrae a miles de visitantes. Esta obra fue apoyada por el espacio frontal o Plaza de la República, la cual ha adquirido un valor simbólico importante pues allí flamea la “bandera de la reunificación alemana”.

El Reichstag es una de las edificaciones más importantes de la monumentalización del Berlín contemporáneo; empero, cabe recordar que ese resultado también responde a la fuerza de la opinión pública, la cual, al parecer, exigió que la cúpula fuese transitable, algo singular en esa intervención.

Es cierto que hoy toda ciudad requiere de intervenciones urbanas contemporáneas de magnitud, pero que colaboren respetuosamente a redefinirla. Esto significa que todo sitio estratégico de una urbe exige que dejen de imponerle torpemente la presencia de obras forzadas. Habrá que recordar también que la opinión pública tiene “el derecho de conocer en detalle los proyectos de esas futuras propuestas urbano-arquitectónicas” y no solo mostrarle bonitas imágenes digitales que no reflejan la verdadera dimensión de esos proyectos.

Monumentalizar una ciudad exige el respeto a la identidad de los lugares y eso significa considerar lo histórico, lo contextual, lo real, pero no “compartir el pasado”. Todo lo contrario, representa la negación a las respuestas urbano-arquitectónicas “enmarcadas en la inexpresividad y la semejanza” entre unas y otras edificaciones extraídas de la arquitectura representativa del mundo.

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