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Monumentos

Los monumentos han logrado dotar de significado y ‘señas de identidad’ a las plazas y parques

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:00 / 01 de octubre de 2015

A través de los años, los monumentos han sido ubicados en plazas y parques contribuyendo no solamente para que estos espacios se conviertan en lugares atractivos para la vida pública, sino también en los vacíos urbanos más bellos y concurridos de las ciudades. Su éxito radicaba en que allí la población se recreaba y concentraba en actos cívicos y sociales. De esa manera, los monumentos lograron dotar de significado a esos espacios públicos, a tiempo de transformar las ciudades gracias al cambio de imagen y estética que produjeron en el contexto urbano.

Los monumentos fueron instalados generalmente en los centros de las urbes, acorde con un idealizado orden temporal espacial histórico, que consiguió enlazar el pasado con el presente. Asimismo, al estar cualificados con el aura que conlleva toda obra de arte, marcaron a esos lugares públicos con “señas de identidad”. Y mucho más cuando en sus basamentos se incorporaron leyendas sobre sus hazañas. Por todo ello, no fue sorpresiva la conversión de esas plazas y parques en lugares de valor simbólico para las urbes.

El entender que en el pasado esas obras escultóricas cumplieron una función múltiple y educativa es real, y por ello su prestigio se fue convirtiendo en global en ciertos casos, una cualidad que fue bien aprovechada. La historia de las naciones desde siempre tuvo el talento de captar y extraer simbología e imaginarios para revalorar sus ciudades, de ahí que sus monumentos, por ejemplo arquitectónicos, se fueron convirtiendo en hitos universales que no solo atrajeron y atraen el turismo, sino que conservan en la memoria colectiva el valor de lo notable de su historia. Con la llegada del nuevo siglo, algunos monumentos fueron perdiendo vigencia y terminaron en rotondas o al medio de avenidas, las cuales ceden cada vez mayor territorio a las vías de tránsito vehicular.

Es bien sabido que las urbes deben cambiar, como lo afirmamos en anteriores artículos. Sin embargo, las transformaciones no debieran exigir la destrucción de lugares consolidados por sus cualidades, y menos tratar de uniformizar a las ciudades. También es notorio el hecho de que cuantos más monumentos desaparecen, la juventud termina conociendo más a cantantes famosos antes que a los próceres de su país, y lo peor: se les exige civismo.

La idea de ingresar al siglo XXI es una realidad irrefutable y aquello producirá grandes transformaciones; empero, éstas debieran ser construidas aprovechando “un algo” que hace la diferencia. Hoy las ciudades cuentan con nuevos tipos de esculturas urbanas, generalmente acordes a la escala humana, que han ingresado al espacio cotidiano de calles y avenidas. No obstante, a pesar del desplazamiento que ha sufrido el monumento clásico y la invasión a los lugares donde se asentaban, aún son apreciados por la población para su esparcimiento.

Resulta lamentable en este sentido el haber sido testigos en La Paz de cómo levantaban el monumento a San Martín (héroe argentino), con basamento incluido, para su posible reubicación en otro sector; o recordar el caso de la escultura de Andrés de Santa Cruz, uno de los personajes más relevantes de la historia del país, cuyo busto ha quedado tristemente abandonado al medio de un humilde enmallado.

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