Columnistas

Mortalidad fetal

La mortalidad fetal rara vez cuenta con voces que clamen para reducirla o estrategias para enfrentarla

La Razón (Edición Impresa) / Dilberth Cordero

00:07 / 09 de marzo de 2016

Palabras más, palabras menos, a continuación se presenta la historia que hace algunos años nos contó una señora de una comunidad rural de Bolivia a propósito de una investigación sobre la muerte de bebés al poco tiempo de nacer.

“Era mi tercer embarazo. Yo viajaba mucho, soy comerciante, y siempre se me hinchaban los pies y manos, y me dolía la cabeza. Pensé que era normal. Fui donde una partera, ella me frotó y dijo que mi wawa estaba bien (...). Sin embargo, mi parto fue muy difícil, la bolsa se rompió, pero la wawa no nacía. Mi amiga fue a llamar a la enfermera y a la doctora del centro de salud.

Ellas vinieron, me atendieron y me pusieron suero, pero la wawa no nacía. Entonces, la doctora dijo: ‘Esto no es para mí’ y me enviaron al hospital en ambulancia. Cuando llegamos al hospital no había atención, entonces mi amiga y mi tía se desesperaron y discutieron con el portero. Después, nos volvimos (a la casa). Mi tía llamó a la partera; ella me atendió y me dio mate de orégano y pujantes. Tardé dos días para enfermarme (que nazca el bebé) y por fin nació mi wawa. Estaba chiquita, medio oliscada (con mal olor), feo, verde y... muerta. Yo me sentí muy mal; además, perdí mucha sangre y me desmayé. Cuando me di cuenta, vi a mi wawa que estaba en el ataúd, velándose… era un  ataúd tan chiquito (…)”.

Esta historia constituye un pequeño atisbo sobre los bebés que nacen muertos, una realidad que en el ámbito de la medicina se conoce como “mortalidad fetal”. Esta mortalidad rara vez cuenta con voces que clamen para reducirla y de políticas de salud pública que, además de cuantificarla en su verdadera dimensión, implementen estrategias efectivas para enfrentarla.

La gran mayoría de las muertes que ocurren en esta etapa de la vida son prevenibles. Si usted, paciente lector, lee con cuidado el relato anterior, sin duda podrá identificar varios momentos en los que, de existir una atención o cuidado adecuados y oportunos, la muerte del gestante se habría podido evitar.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (1990-2015) no tomaron en cuenta a las muertes fetales, que ocurren sobre todo en los países en proceso de desarrollo, y tampoco le dieron la debida importancia a las muertes neonatales. Es de esperar que los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible corrijan estas omisiones. Aunque el solamente esperar podría significar el conformarse con el statu quo que impera en este asunto.

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