Columnistas

Motín policial

La diferencia entre las remuneraciones de las FFAA y la Policía fue la chispa que prendió la mecha.

La Razón / José Gramunt

00:00 / 24 de junio de 2012

No es la primera vez que un importante sector de la Policía nacional se amotina. El jueves, mientras muchos ciudadanos estaban eufóricos o atontados por los tragos alcohólicos ingeridos en Tiwanaku (con motivo del solsticio de invierno), los suboficiales, clases y soldados de la Unidad Táctica de Operativos Policiales (UTOP) se encerraban en sus cuarteles, a dos pasos de la inviolable plaza Murillo, y preparaban el motín que se hizo público al amanecer del viernes.

Convengamos que el amotinamiento no es aceptable en un cuerpo armado semimilitar, fundamentado sobre el patrón de la disciplina, mucho más exigente que en el resto de la administración pública. Pero cuando uno se entera de que los suboficiales, clases y soldados de la Policía nacional cobran salarios de vergüenza, mientras varios de los altos jefes se han visto envueltos en pingües negocios delictivos, la reacción natural de los excluidos del banquete —como siempre— es la protesta que, no habiendo sido escuchada a tiempo por la superioridad (léase Gobierno), estalla en forma de motín. Y, como en tantos hechos de la historia, cherchez la femme. En efecto, fueron las esposas de los policías las primeras que hace una semana iniciaron la protesta.

Convengamos, sin embargo, en que no todo lo que exigen los amotinados es aceptable, bien que pidan igualarse a los sueldos de las FFAA. La diferencia entre las remuneraciones, el odioso contraste, fue la chispa que prendió la mecha. Pero es más que dudosa la queja de que la expedición del documento de identidad, del carnet de conducir y de otros documentos oficiales los hayan pasado a otros funcionarios civiles, sospecho que adictos al MAS. Digo que este capítulo de la demanda es dudoso porque en la expedición de tales documentos “los de abajo” también percibían una corruptela bajo la mesa, la que, según todo lo sabido, era compartida con sus jefes.

El motín es sólo una prueba más de las muchas otras que se han ido acumulando para llegar a la conclusión de que Bolivia tiene un mal gobierno; y que si este mismo gobierno se aguanta es porque no se ve en el horizonte una oposición que esté en condiciones de catalizar el descontento. No es probable que un opositor fuera capaz de descabalgar a Evo Morales de su gobierno; de su enflaquecido y cojitranco Rocinante.

Faltando en las calles la Policía que guarde el orden público ¿llamaremos al Ejército? Ésta es la muy vieja y peligrosa respuesta que todavía formulan algunos nostálgicos de las dictaduras. Nadie ignora que las Fuerzas Armadas tienen la misión de defender la integridad de la soberanía nacional y el justo orden constitucional. Para esto han sido formados y no para guardar el orden público y colaborar a la fiscalía, que también para esta modalidad del “monopolio de la fuerza” se requiere una especial formación profesional e incluso la posesión de ciertas armas de investigación, disuasión y autodefensa autorizada por la ley. Y, repitiendo lo mismo con otras palabras, la ley no puede servir de tapadera para las pequeñas o grandes “mordidas”.

A todo esto, y para levantar el ánimo de los decaídos, estaba programado para el final de la Cumbre de Río+20, un partido de futbol capitaneado por el ariete Morales.

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