Columnistas

Muerte

Los muertos hallan en el arte un espacio amplio y propicio para sus apariciones y peripecias

La Razón / Ana Rebeca Prada

01:04 / 18 de enero de 2012

Hay que decirlo: hay ausentes que están más presentes para nosotros que muchos vivos. Sobre todo cuando no somos muy hábiles en eso del duelo, los muertos, los idos, se te quedan atascados en la garganta del corazón como tremendo hueso de pescado. De rato en rato éste causa asfixia, desespero, angustia profunda. Los que se han tenido que ir, los que te han dejado, los que se han muerto sin pedirte permiso, dejando voluminoso agujero en el alma, viven contigo codo a codo.

El arte, la literatura, el cine son particularmente interesantes en el tratamiento de este tema, de esta particular cualidad de los vivos —esa de insistir en vivir con los idos—. Me gusta por eso y mucho Todas las mañanas del mundo, de Corneau —en la que el músico se retira a un pequeño cuarto de madera y toca hasta que reaparece su amada muerta—. O El árbol de la vida, de Malick, en la que le es dado al mayor de los hermanos, ya adulto, reencontrarse con los idos, los muertos, los distantes en sobrecogedora imagen.

En otro tono, El tío Bonmee, que puede recordar sus vidas pasadas, de Weerasethakul, tiene una magnífica escena en que los vivos sentados alrededor de una mesa ven aparecer por la puerta a una muerta querida, que se sienta con ellos a conversar, para luego recibir a otro muerto que ha mutado en una especie de animal simiesco.

Puede ser que hayan cosas no resueltas con aquellos que han partido. Bajo el oscuro sol, de Bedregal, tiene como coprotagonista a una muerta que insiste en quedarse hasta que sean descubiertos sus dolorosos secretos en los papeles que ha dejado atrás. O puede más bien darse un personaje tan entrañable como Santiago de Machaca, muerto que baja y sube de la tumba y recorre calles como si estuviera vivo para, finalmente, desvanecerse. Y están los muertos risueños de La ventana al parque, de Urzagasti, quienes hallan en la literatura un espacio amplio y propicio para sus recorridos, sus apariciones, sus peripecias.

Y ni hablar de Fanny y Alexander,  de Bergman, en la que el muerto reaparece a los ojos del niño y luego de la madre, en amoroso retorno y paseo por sus antiguos ámbitos. En Luz silenciosa, de Reygadas, hacia el final hay algo bergmaniano en los ojos abiertos y las lágrimas de la muerta que yace en el ataúd. Muy bella es también Till human voices wake us, de Petroni, en la que la muerta vuelve para permitirle al vivo desprenderse de la culpa de esa muerte. O, en tónica más bien cómica, la bella Truly, madly, deeply, de Minghella, en la que el muerto también vuelve para ayudar a la viva a dejarlo ir.

Así, el arte, siempre tan generoso, siempre tan agudo en la puesta en lenguaje e imagen de lo más oscuro, de lo más misterioso, nos acompaña en nuestra insistencia en no dejar ir a los que no debieron irse, a los que no hemos podido dejar partir. Y también, en la idea de que el destino de los muertos no siempre debe ser o necesariamente es el olvido.

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