Columnistas

Muerte

Interesa mucho afanarse en esta tarea de acercar los muertos a la vida, a la literatura

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:14 / 08 de mayo de 2013

Seguramente nadie habló tan bellamente de la muerte en nuestra literatura como Jesús Urzagasti. La familiaridad con lo invisible es eje de sus construcciones narrativas. Hay un tráfico profuso de voces muertas, de apariciones en sueños, de visitas de difuntos, de conversaciones. No existe una posterioridad de la muerte: los muertos son simultáneos a los vivos. Y la asunción franca de esa simultaneidad es la clave para vivir la más auténtica vida.

El narrador, a veces (como en De la ventana al parque), se instaura como intermediador. Su preocupación mayor es elaborar vínculos entre los muertos preservados amorosamente en la memoria, e inventar un mundo en el que hubieran podido encontrarse. No importa que en vida no hubiera podido darse tal encuentro: en la literatura, a través de este narrador, los diversos muertos rememorados se encuentran y se ponen a conversar.

Interesa mucho afanarse en esta tarea de acercar los muertos a la vida, a la literatura, donde se los oye conversar, porque ellos, finalmente, ya no andan atareados con el detalle del vivir, andan “liberados de las obligaciones mundanas”, y resultan seres de quienes hay mucho que aprender. Atendiendo a los muertos, la vida se torna más profunda.

Los muertos no lloran: cantan sin melancolía. (Sólo los mejores músicos, a quienes gobierna el amor desinteresado y la libertad, pueden reproducir ese canto). No son tristes, ni drásticos, ni silenciosos, ni desorejados. No tienen edad, son intemporales. Y nunca están solos: esta ventaja tienen sobre los vivos.

Se trata de una escritura que es homenaje a esos hermosos destinos del pasado, pero también una labor en contra del olvido, de las pobrezas del presente, de un cotidiano de lenguajes desgastados. Liberados del olvido, los seres del recuerdo devuelven una ética vital “al amparo de ese desgaste”.

Así, no se ha desvanecido en esta narrativa la capacidad de que el pasado asalte de manera determinante el presente, reconstituyéndolo, reanimándolo; desmantelando la muerte como olvido y el presente como opaca camisa de fuerza. El memorioso y solitario narrador (¡qué soledad tan poblada!) se ve reencaminado hacia un presente y un futuro jubilosos, habitado por esos portadores de secretos luminosos.

Guardián de esos secretos, gozoso escudriñador de los mismos, el narrador se desplaza por la literatura portándolos, desplegándolos. Armando también espacios propicios a este despliegue; así, por ejemplo: Buen Retiro (en Los tejedores de la noche). Allí van y por allí pasan los muertos, a la manera de una pascana atravesada por la suave brisa del recuerdo…

Habitante hoy de nuestra memoria, Urzagasti se ha ido seguramente a habitar aquella morada de paso, a recorrer aquellos parques propicios a los encuentros. ¡Cuántos no habrá que lo han estado esperando!

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