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Muerte

Los agoreros irreflexivos de la cultura popular sabrán disculpar la sinceridad de esta declaración

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:16 / 10 de noviembre de 2015

Cada 8 de noviembre debes asistir al ritual de las “ñatitas” en el Cementerio General de nuestra ciudad para vivir una experiencia única. Después de caminar por los diferentes sectores del camposanto donde las familias exhiben, entre orgullosas y alegres, centenares de cráneos humanos ataviados con coloridas coronas de flores, fumando cigarros que les introducen cariñosamente, en medio de velas y hojas de coca, con bandas y música festiva, quedas literalmente abrumado porque que se trata de un ritual demoledor por su descarnada exposición del culto a la muerte.

Soy un paceño que conoce los principios y motivaciones de este ritual del mundo aymara, y soy también un amante de nuestras tradiciones y ritos. No necesito reiterar mi amor al terruño y sus costumbres. Pero, cada año que pasa, me resisto a interpretar a las “ñatitas”, laudatoriamente, como una efervescencia espectacular del mundo popular que debemos aceptar sin retaceos. Seré honesto y expresaré sin remilgos que es un ritual feroz que me deja perplejo y meditabundo por muchas horas.

Ante todo, porque es un recordatorio de nuestra fragilidad humana y del vacío que provoca el misterio de la vida y de la muerte. Un recordatorio reiterado en cada urna y cada cráneo. Por más que sea tu guardián o guardiana, por más que sea tu protectora y amiga, es demasiada exposición pública del símbolo universal de la muerte. Y por más que conozcas el concepto cíclico de la vida y la muerte de nuestra cultura ancestral, debes aceptar que es una excesiva muestra colectiva del ineludible final, del otro lado, al que tú y yo llegaremos algún día.

En la ciudad de los muertos, este último 8 de noviembre, tenía la sensación de pasear entre muertos de verdad y vivos “casi muertos” que bailaban, cantaban y comían en medio de las tumbas, las ollas y las urnas. Todas y todos, por la intensidad que despliega este rito paceño, me parecía  como si se ubicaran, desesperadamente y a los empujones, al principio de la larga fila que nos lleva al otro mundo. Un sentimiento muy cruel.

Y, por supuesto, para el que escribe esta nota, fue reconfortante salir y volver a la ciudad de siempre, a nuestra querida y vilipendiada La Paz, a respirar su frío aire altiplánico, a pesar de que el tufillo, entre dulzón y amargo que siempre emana la parca, continuó por algunas horas más.

Los agoreros irreflexivos de la cultura popular sabrán disculpar la sinceridad de esta declaración. A los otros, para los que la trilogía vida, amor y muerte son los provocadores universales del arte y la cultura, los invito a recorrer el próximo año a las “ñatitas” con una mirada sensible y desprovista del localismo que, a veces, nos nubla el entendimiento.

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