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¡Mujeres!

Interesantemente, los hijos varones provocarán el desencadenamiento de las historias

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:40 / 11 de abril de 2012

Dos films: Io sono l’amore (Italia, 2009) de Luca Guadagnino, y Karanliktakiler (Turquía, 2009) de Çagan Irmak, con las magníficas actuaciones de Tilda Swinton y Meral Çetinkaya, respectivamente. Ambos directores, nacidos con un año de diferencia (1971, 1970) y, por lo tanto, de la misma generación, visitan un tema que curiosamente sigue ocupando a las nuevas generaciones de directores, que sigue siendo central en el arte cinematográfico: la violencia contra la mujer en sus más diversos matices, en sus más sinuosas variaciones. Esta vez en las clases privilegiadas, así en la película del turco se trate de clases altas venidas a menos, y en la del italiano, en un esplendor que empieza a dar signos de crisis.

Hay una primera violencia, una violencia fundante en las dos películas. En Io sono l’amore (literalmente, Yo soy el amor), Emma (personificada por Swinton) en realidad no se llama Emma y tampoco es italiana. Un día el italiano Tancredi Recchi la enamora y la saca de su Rusia natal para convertirla en parte de su poderosa familia milanesa.

Elegante, discreta, amorosa, Emma es re-bautizada y creada como la perfecta esposa y madre. En el caso de Karanliktakiler (literalmente, En la oscuridad), en Gülseren (interpretada por Çetinkaya) encontramos a una mujer perturbada, tremendamente obsesiva con el hijo joven. Al final sabemos que ha sido raptada y violada repetidamente de adolescente, y forzada por el honor de la familia a casarse con un apenas conocido y tener el hijo concebido en la violación.

Interesantemente, los hijos varones provocarán el desencadenamiento de las historias. Edoardo, el dulce hijo favorito de ‘Emma’, muere accidentalmente luego de darse cuenta de que su madre vive un affair con un amigo suyo, lo que hace que ella asuma en el dolor sus verdaderos sentimientos y deseos y se vaya de la lujosa casa, en busca de su joven amor. En el caso de Gülseren, el hijo es el centro del universo; su único vínculo con un mundo al que ella mira desde la ventana, sin animarse a salir. La asfixia que esto produce en el hijo finalmente da lugar a una noche de fiesta armada por él, en la que le invita vino y alguna droga a su madre, y en la que ella logra recordar (para el espectador, pues el hijo no entiende lo que ella habla) la violencia que originó su locura. El hijo logra sacarla de la casa y se van juntos en moto por las calles desiertas. Hay quienes han leído en esta salida un paso hacia el suicidio, aunque el final es suficientemente abierto como para plantearse otras lecturas.

La película italiana de algún modo presenta una salida, una “redención” para la mujer creada a partir del guión del marido. En la turca, queda la pregunta de si hay suficiente redención en la puesta en superficie del recuerdo terrible y en salir (quién sabe hacia dónde) de un encierro autoimpuesto por el miedo...

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