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Mujeres

Nuestra democracia y nuestra sociedad tienen aún muchas deudas con las mujeres mineras del país

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

02:19 / 30 de abril de 2016

El acontecimiento, casi desapercibido, ocurrió en diciembre pasado. Tres mujeres, trabajadoras mineras (Ninfa Cayo Mamani, Chanel Flores y Elizabeth Alcón), fueron elegidas para integrar el Comité Ejecutivo de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, una institución reconocida como la vanguardia de la clase obrera, que durante 62 años solo admitió representación y liderazgo de hombres. Por esa misma razón, el cargo de secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB) puede ser ejercido únicamente por un representante del sector minero asalariado.

Los cálculos más optimistas señalan que actualmente un 20% de los asalariados mineros son mujeres. Por ello, no deja de llamar la atención que los ejércitos de varones hayan depositado en tres de sus compañeras parte de la responsabilidad de representarlos y luchar por sus derechos. En Huanuni, de unos 4.000 trabajadores, solo 360 son mujeres.

Está a la vuelta de la esquina la tradición de los trabajadores mineros de evitar el ingreso de mujeres a interior mina, porque “atraen la mala suerte, las vetas desaparecen y se producen accidentes”. Aun así ellas, quienes nunca eludieron la lucha, crearon sus propias organizaciones, como por ejemplo el Comité de Amas de Casa de Siglo XX, que no llegó a ser un sindicato de mujeres mineras siquiera, porque eso era cosa solo de hombres.

En la Navidad de 1977, de esos comités de amas de casa salieron, cargadas con sus hijos, Aurora Villarroel de Lora, Domitila Barrios de Chungara, Angélica Romero de Flores, Luzmila Rojas Rioja y Nelly Colque de Paniagua, para enfrentar, a través de una huelga de hambre, al dictador Hugo Banzer y exigirle amnistía general e irrestricta para los presos políticos y una convocatoria a elecciones; todo ello en defensa de la democracia. Lo que no pudieron los hombres que estaban en la clandestinidad, presos o exiliados, lo lograron ellas, quienes, en apenas unos días, multiplicaron en miles la huelga y doblegaron al tirano.

Eduardo Galeano, mientras tuvo vida, no se cansó de contar cómo conoció a Domitila. Fue en una asamblea en Siglo XX, cuando ella tomó la palabra e increpó a sus compañeros: “El enemigo principal, ¿cuál es? ¿La dictadura militar? ¿La burguesía boliviana? ¿El imperialismo? No, compañeros. Yo quiero decirles estito: nuestro enemigo principal es el miedo”. En 1967, tras la masacre de San Juan, ordenada por el Gral. René Barrientos, Domitila había sido apresada y, a patadas, obligada a abortar.

A algunas de las cinco mujeres mineras antes mencionadas las he visto padecer la enfermedad y la pobreza. El 12 de marzo de 2012, el cáncer logró lo que ni la dictadura militar ni la dictadura económica pudieron contra Domitila. El Gobierno nacional decretó tres días de duelo y se le depositó, en su ataúd, el Cóndor de los Andes.

He perdido la pista de las otras integrantes de los comités de amas de casa. A veces no recordamos ni los nombres de quienes perdieron el miedo para que nuestros hijos no sean abortados a patadas en las cárceles, ni sufran la tortura, la clandestinidad o el exilio. De modo que la elección, en diciembre, de tres mujeres mineras como parte de la dirección nacional de la gloriosa Federación de Mineros es apenas un inmenso detalle en el reconocimiento de una historia donde nuestra democracia y sociedad tienen aún muchas deudas.

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