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Las Murallas de Jericó

A diferencia de las Murallas de Jericó, el Muro de Berlín necesitó de un empujón para venirse abajo

La Razón / Alejandro F. Mercado

01:35 / 09 de junio de 2012

He recibido varios comentarios respecto a mi artículo publicado en esta columna el reciente 28 de abril, en el cual me referí a la caída del Muro de Berlín, por lo que deseo expresar mi mayor agradecimiento a quienes siguen mi columna. Han sido estas interesantes opiniones que me llevaron a escribir estas líneas, con el ánimo de explicar algunos puntos de mi anterior artículo, pero debo aclarar que no soy un predicador, es decir que no busco convencer a nadie.

Es evidente que la caída del muro no fue obra de un solo hombre ni mucho menos, la caída se generó desde adentro, por la inoperancia de un sistema económico que condujo al sufrimiento a millones de seres humanos. Sin embargo, el Muro de Berlín no era como las Murallas de Jericó, que se cayó solamente a base de lamentos, sino que, a pesar de que estaba completamente corroído por el engaño y la ignominia, necesitaba de un empujón para venirse abajo.

Comparto lo que uno de mis lectores señala, en el sentido de que en la Unión Soviética se producían muchas cosas. Pero el hecho es que la pregunta correcta no es si una economía socialista puede producir pan, a la que cabría responder inequívocamente con un sí, la pregunta correcta es si puede producir pan de manera eficiente. Evidentemente podemos participar en una carrera en el hipódromo montados sobre una mula, pero sería más eficiente que lo hagamos en un caballo pura sangre de carrera.

De acuerdo con Denish d’Souza, investigador del Instituto Hoover, Reagan no solamente ganó la Guerra Fría sin disparar un solo tiro, por lo que tenemos con él una gran deuda de gratitud, sino que dinamizó la economía de los Estados Unidos e infundió nuevo vigor al espíritu americano. El control de la inflación y el despegue de la economía norteamericana contrastan con el pobre desempeño económico de la década de los setenta y, lo que es más importante, se establecen las bases para el resurgir de la iniciativa privada y la innovación, las cuales hoy nos permiten trabajar frente a un ordenador personal conectado al mundo, en lugar de hacerlo en una máquina de escribir.

Mientras duró el engaño del Estado de Bienestar, una importante parte de la juventud estadounidense soñaba con que el servicio al Estado era el espacio para construir una nueva sociedad y fue Reagan, que consideraba que el Estado no era la solución sino que era el verdadero problema, quien despertó en los jóvenes aquello que nos caracteriza como humanos: el espíritu de la innovación, de la competencia y de búsqueda de la superación.

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