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Museo de la revolución

El Ministro de Culturas y el propio Presidente han confirmado la construcción del faraónico Museo de la Revolución Democrática y Cultural, que integrará tres edificios de formas zoomórficas: la llama, el puma y el quirquincho. Esta obra monumental, cuyo costo ha sido estimado en 5 millones de dólares, se construirá en Orinoca, que ya ostenta los títulos de Patrimonio Histórico Nacional y Monumento Histórico. El pueblo natal del Presidente se convertirá, de esta manera, en el lugar de mayor densidad simbólica de Bolivia, un espacio casi-sagrado, destino de peregrinos.

La Razón / Jorge Komadina

05:24 / 01 de marzo de 2012

Se dice que el museo es una de las instituciones culturales más poderosas del Estado-Nación. Ese poder no radica en el valor intrínseco de los objetos expuestos, cuadros o documentos, sino en la narración histórica que confiere sentido a las colecciones, privilegiando una manera de contar la historia. Por supuesto, esa trama histórica está legitimada por el Estado. La visita de los museos permite asimismo que los espectadores descubran la singularidad y la trascendencia del patrimonio cultural de una nación. No en vano decía el escritor John Berger que en la época moderna los museos han reemplazado a las iglesias y conventos como lugares de recogimiento y reflexión.        

¿Esta afirmación es también válida para Bolivia? Probablemente no. Salvo una o dos excepciones, nuestros museos carecen justamente de narrativas, de recursos escenográficos, de investigación antropológica e histórica y, sobre todo, de públicos. Los museos bolivianos no han logrado representar nuestra identidad cultural mejor que las fiestas y las k’anchas de los pueblos y regiones.        

El futuro museo de Orinoca tendrá pues que vencer esas y otras dificultades. ¿Cuáles serán las colecciones de valor patrimonial que permitan comprender el “proceso de cambio”?, ¿tendrán estos edificios los públicos que justifiquen una inversión millonaria?, ¿quién organizará y administrará tal iniciativa? Estas preguntas son importantes, pero la cuestión decisiva es otra: ¿cómo se representará la trama de un proceso en curso, cuyo final es todavía una incógnita? Resulta que el presente, el acontecimiento, se resiste siempre a ser clausurado por un relato histórico.  

No estoy en contra de construir museos, todo lo contrario. Creo que la inmensa riqueza cultural de los pueblos indígenas que habitan Bolivia amerita no uno, sino varios museos. Pero ellos deben ser concebidos desde una visión renovada del patrimonio cultural. Los mundos indígenas no son residuales o arcaicos, son culturas vivas, orgullosas de su pasado, pero abiertas al porvenir. Necesitamos pues un Museo del Presente, capaz de representar las tensiones y encrucijadas culturales y políticas de esos pueblos.

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