Columnistas

Música, obra y entendimiento

Miguel Dueri fue un hombre que vivió más allá de los odios y rencores de la religión y la nacionalidad

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:33 / 04 de agosto de 2015

Hace unos días falleció don Miguel Dueri Antonmaría. Padre y tío de queridos amigos y también amigo mío, don Miguel fue un patricio paceño a pesar de no haber nacido en Bolivia, porque adoptó el país que lo acogió y al que, como muchos otros inmigrantes, ayudó a construir. Originario de la Belén de Judea (hoy la Cisjordania gobernada por la Autoridad Nacional Palestina, pero entonces bajo tuición británica) donde nació Jesús. Allí aprendió la que sería su pasión, la música, y el instrumento que lo acompañaría siempre, el violín.

No voy a hablar del empresario exitoso que promovió la música boliviana a través de su disquera Discolandia, tampoco del radialista entusiasta con su emisora Panamericana. De quien voy a hablar es del joven palestino que llegó a América con su música y sus anhelos buscando, como tantos otros, reencauzar su vida. El joven Miguel arribó a La Paz al final de la Segunda Guerra Mundial, al igual como muchos otros palestinos, la mayoría cristianos, que buscaban una vida mejor, cuando estaba cerca la partición de su país de origen al finalizar el mandato británico, bajo el que él nació pocos años después de que empezara, tras la derrota del Imperio otomano. Su llegada a La Paz ocurrió poco antes de que debutara, el 18 de julio de 1947, la Orquesta Sinfónica Nacional de Bolivia, dirigida por el maestro Erich Eisner, un checo de origen judío, inmigrante como el mismo Miguel. Desde entonces y hasta cerca de sus últimos años el joven violinista palestino, ya boliviano, estuvo vinculado a la orquesta, colaborando cada vez con más ahínco en la difusión de la música a través de la radio y la disquera que después fundaría.

A los pocos días de su fallecimiento, otro amigo mutuo, el maestro David Händel, quien fue durante años director de la Orquesta Sinfónica Nacional y promotor de la Fundación homónima y con quien don Miguel colaboró estrechamente, me escribió un hermoso mensaje sobre nuestro amigo desaparecido, en el que destaca un muy simbólico hecho para estos años de confrontación entre palestinos y judíos: que él, Händel, un judío norteamericano, logró vivir una estrecha amistad y un afecto siempre fraternal con Dueri, un palestino-boliviano que lo adoptó como parte de su familia.

Miguel Dueri Antonmaría fue, como otros inmigrantes, un hombre que vivió más allá de los odios y rencores de la religión y la nacionalidad, un artista que brindó su música en Bolivia primero con un artista judío, Eisner, y cerró su ciclo interpretativo con otro artista judío, Händel, dando muestras de que el respeto y el entendimiento es la base de la convivencia entre pueblos descendientes de Abraham, unidos por el arte de la música.

Es muy triste despedir a los amigos. La semana pasada lo hice de un hermano, Luis Ramiro Beltrán Salmón, y hoy lo hago de un buen amigo. Ambos, desde sus espacios y virtudes, ayudaron a construir su país, Bolivia, y dejaron un gran legado. Valen las últimas palabras que Miguel dijera a su familia esa noche: “Que tus palabras vayan a parar a la puerta del paraíso”.  

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