Columnistas

Narciso y Eco

El coro en la política le devuelve al caudillo sus decisiones bendecidas por una falsa y vacía aprobación

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

01:18 / 17 de octubre de 2012

Según la mitología griega, Narciso era un joven “de extraordinaria belleza, pero que desdeñaba el amor”. El viejo adivino Tiresias, consultado por los padres del niño al momento de su nacimiento, vaticinó que éste “llegaría a viejo si evitaba mirarse a sí mismo”. Debido a su belleza, Narciso despertó pasiones entre las ninfas de los bosques y las jóvenes de las aldeas que lo conocieron. Sin embargo, era extrañamente indiferente y jamás se interesó por ninguna de ellas. Una de las ninfas, llamada Eco, enamorada, como muchas otras, de él y desesperada ante su indiferencia, huyó y se refugió en la soledad, adelgazando tanto, que quedó convertida en una roca, que, sin voz propia, sólo repite los sonidos que oye a su alrededor.

La diosa Némesis quiso vengar a la ninfa Eco, y un día que hacía mucho calor hizo que Narciso se inclinase a beber sobre una fuente. Cuando el joven vio su rostro tan hermoso, se enamoró de sí mismo. Y por intentar verse mejor, metió la cabeza dentro del agua, muriendo ahogado. De ahí viene el nombre de las flores llamadas narcisos, que siempre necesitan agua cerca para florecer. De la misma historia viene el nombre del fenómeno del eco, que repite mecánicamente los sonidos que resuenan en un cañadón. Retomando la leyenda, en el psicoanálisis se usa el término narcisismo para explicar por qué algunas personas son incapaces de amar a otras y sólo se aman a sí mismas.

A niños, jóvenes y viejos nos encanta escuchar qué pasa con la vida de los otros, de ahí el tremendo éxito de las telenovelas, las series y de cualquier formato en que se cuenten los acontecimientos en la vida de la gente. El cuento del amor fallido entre Narciso y Eco es, como toda buena historia, irresistible. Y el del amor de Narciso consigo mismo un buen ejemplo de lo que ocurre cuando las personas nos encerramos en el espejo de una única imagen, la de nosotros mismos.

Pero, no sólo es narración o psicoanálisis. También es educación. Todos los pueblos del mundo, cada uno con su cultura, echan mano de leyendas y tradiciones con sus moralejas para enseñar a la gente los códigos del bien y el mal; y los caminos y héroes de su propia historia. Esta pedagogía social debería ser sumamente útil en la política, si quienes la practican tuvieran oídos para escuchar.

Lamentablemente, el ejercicio de la política está inundado de narcisos quienes, además de encontrarse a sí mismos arrebatadores, sólo gustan de rodearse de las voces autómatas que repiten, hasta el cansancio, lo que ellos dicen. Como obedientes fantasmas de un coro desprovisto de alma, el coro en la política tiene la única función de devolverle al caudillo su voz, su imagen, sus decisiones, bendecidas por una falsa y vacía aprobación. El coro repite tantas veces su cantinela que inhabilita al caudillo para la posibilidad de siquiera escuchar otras voces que establezcan la mínima diferencia.

La disidencia, por eso, es duramente castigada, ya que muestra las carencias del poder. Aunque, de hecho, hay otra historia para eso, como la del Rey Desnudo, a quien sólo un niño se atrevió a señalar la realidad, permitiéndole ver, y reconocer, el ridículo al que la adulación lo estaba sometiendo. En la vida real o, como dicen los poetas, en la “realidad verdadera”, la humanidad creó instituciones para el control y el contrapeso de poderes en las diversas formas de gobierno. En la mitología, el castigo es más duro: los narcisos se ahogan, estériles, dentro de sí mismos.

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