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Navidad: Amor con dolor...

La Razón / Gary Rodríguez

00:30 / 24 de diciembre de 2012

Si Ud. está leyendo esta columna es porque el mundo no acabó el 21 de diciembre de 2012 como algunos agoreros pronosticaran causando gran preocupación a mucha gente en el planeta. ¡Hasta se produjeron películas sobre el fin del mundo con éxito taquillero! Superado el fallido anuncio y agradecidos a Dios por estar vivos, en pleno festejo de la Navidad, ¿no sería bueno reflexionar un poquito sobre nuestra espiritualidad para concluir bien este 2012?

La Navidad figura como uno de los mayores acontecimientos del calendario anual, dado que su celebración tiene que ver con la recordación del nacimiento de un hombre que —como ningún otro— partió en dos la Historia de la Humanidad. “Antes de Cristo” (a.C.) y “después de Cristo” (d.C.) evoca como punto histórico de referencia —nada más y nada menos— el nacimiento en la Tierra del Hijo de Dios, Jesucristo, hace 2012 años.

Es por esta razón que directa o indirectamente, por fervor religioso o espiritual, por la presión comercial o por defecto, gran parte del globo —de una u otra forma— activa o pasivamente, se ve afectado por la Navidad. Pero, ¿cuál es su verdadero significado?

Siendo que en todo agasajo el halagado siempre se halla presente, la Navidad debe ser el único caso donde una suerte de onomástico se realiza sin que el cumpleañero esté visible. O, ¿cuántos de quienes festejan la Navidad pueden confesar con sinceridad que el homenajeado está vivo? ¡Qué lindo sería tener la convicción de que se agasaja al Cristo resucitado! De no ser así, ¿no le parece que resultaría casi trivial reducir la Navidad a una reunión familiar, a un cónclave social o, peor todavía, a un costoso intercambio de regalos (¿en razón de qué?) compartiendo comida y bebidas, así sea con predominio de mocochinchi en lugar de cierta “bebida imperialista”?

Muchos festejan con enorme entusiasmo la llegada del “niño-Dios”, aunque su concepto de Dios se reduce al Jesús crucificado, cuando el verdadero mérito del Mesías no fue precisamente su nacimiento sino más bien su gloriosa obra redentora a través de su resurrección, venciendo a la muerte en la cruz del Calvario. Cuánta gente lo ignora, pero igual festeja.

La Navidad debería servir para recordar que la venida de Jesús al mundo se produjo porque Dios nos amó “de tal manera”, que dio a su único Hijo en sacrificio por nuestros pecados para que todo aquel que lo confiese como su Salvador y Señor pase de una muerte espiritual a una vida plena, primero en este mundo, y después a la vida eterna: Allí donde no hay llanto, dolor, pobreza, luto ni enfermedad, allí donde la misma presencia de Dios lo encandila todo.

La Navidad debiera servir para recordar no sólo al niño Jesús sino más bien al Hijo de Dios que sin conocer pecado, por nosotros se hizo pecado, al Cristo que murió —pero resucitó— cuyo nombre fue exaltado por encima de todo nombre.

Debería servir para intimar con el Espíritu Santo que nos envió el Padre a pedido de Jesús, para acompañarnos y recordarnos todo lo revelado por su Hijo amado en relación al Reino de los Cielos que Él implantó en la Tierra, en territorio enemigo.

Finalmente, la Navidad debería servir para recordar que Jesús ha sido, es y será la más grande muestra de Amor con dolor jamás imaginada, sabiendo que de su padecimiento en la cruz participaron también el Padre Celestial que lo envió con ese propósito, y su Santo Espíritu que lo escudriña todo, aún lo más profundo de Dios.

¡Feliz Navidad y Próspero 2013!

Es economista y gerente general del IBCE.

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